El día se ha nublado. El cielo, ahora gris, presagia una tormenta. Al igual que siempre después de la tempestad llega la calma, mi deseo por tenerte devuelta se desvanece en las débiles columnas de la esperanza. Ahora puedo pensar de una manera más lógica, más razonable, a pesar de que todavía existe en mí un dolor que por momentos vence a todo razonamiento. Sé que no volverás, pero una parte de mí me dice que eventualmente te haré falta de la misma manera en que yo te extraño tanto ahora. Te he mandado libros con la doble intención de hacerte feliz y recibir un mensaje tuyo agradeciéndome por el regalo. Cómo desearía escucharte decir otra vez “te amo”, cómo me gustaría leer tus mensajes que me dejaban entrever cuánto te importaba. Sé que hice mal por haberte puesto en el centro de mi vida, por haber dejado que mi felicidad fueras sólo tú, pero es algo que hice sin darme cuenta. Me entregué a ti como nunca lo había hecho, como si fueras el primer y último amor de mi vida. Ahora te vas por caminos nuevos, por senderos que no podremos caminar juntos.

He recuperado la confianza en mí mismo, la misma que dependía antes de ti. Me sentía el mejor hombre por saber que merecía tu cariño. Ahora sé en qué momento me volví un fastidio, sin embargo, es algo que no puedo cambiar, incluso si lo intenté al querer volver contigo. Todavía tendrás algo de mí, algo que escribí días pasados con la misma motivación del amor primerizo. Te llegará una carta como nunca la había escrito y enviado. Palabras que te llegarán del pasado porque ya no pertenecen más al presente, ni siquiera al futuro. Mi tentativa de desaparecer todavía no se ha cumplido, y me estoy yendo de manera gradual, y eso también es desaparecer. Ahora tú vives otra vida, quizás una vida que siempre quisiste vivir y de la que yo no podía formar más parte. Pienso si cuando llega la noche, o cuando llega el día paso por tus pensamientos como un recuerdo vago y esencial al mismo tiempo. Yo pienso en ti en momentos imprecisos durante el día. Yo sigo regresando a tus fotos y sigo sintiendo tus caricias. Duermo entrelazando mis manos, una con otra, simulando que no duermo sólo, sintiendo que duermo contigo. No tenía miedo de perderte, no tenía miedo de estar solo. Te amaba, es simple, y el amor sólo le teme a la muerte.

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