Una idea.

No tengo la más remota idea de lo que quiero escribir, mas un impulso primitivo me obliga a hacerlo. Los días de no hacer nada se me han terminado, pues tres actividades al día, hasta ahora, se han convertido en obsesión. Me despierto tranquilamente para justo horas después, alarmadamente, darme cuenta de que el día se me está acabando, como si tuviera la oportunidad de estar vivo un día más y al final del día llegara mi muerte. Esta manía por completar mis tres actividades diarias tiene el riesgo de convertirse en agonía en lugar de provocarme un intenso placer. Por eso es que vuelvo a escribir porque por el momento leer no me da respuestas, no me ayuda a salir de este abismo de desesperación y soledad. Qué necesidad tan grande el estar ocupado. Antes de que lo dejé pasar les diré cuáles son esas actividades que seguramente ya imaginan una o dos: escribir, leer y aprender otro idioma. Mi vida actual, mientras regreso a la rutina laboral, consiste en esas tres actividades y otras que por ser obvias las dejamos de lado. Mi angustia también llega al pensar cómo voy a compaginar en el libro de mi vida las actividades venideras. Me he propuesto algo, y lo he hecho en serio, que no hacerlo sería como cometer traición, a mí mismo y a mis sueños.

¿será el clima nublado y amenazante de lluvia lo que me ha puesto en este humor? El tiempo que tenía para no hacer nada se me agota, y las horas del día ahora pasan más rápido, lo que me hace creer fervientemente que no puedo dejar pasar un solo día un cumplir las obligaciones que por placer me impuse hace unos días. Al final sé que la tranquilidad, esa sensación de que el día ya puede terminarse, llega en el momento en que he terminado con mis actividades. Será mejor que deje de lado la procrastinación y me ponga un horario más o menos estricto para terminar con lo que me he propuesto. Hablo de una rutina más o menos rigurosa porque no quiero hacer de mi vida un instante monótono. Sé bien que soy un adicto incurable de la rutina, y que cuando algo interrumpe en ella me siento inconmensurablemente miserable. Sí, considero que mi rutina es lo que me hacer ser yo mismo, pero que a su vez no debo tomarlo como un hábito repetitivo. Debo escribir, pero no estoy forzado a hacerlo siempre a la misma hora todos los días, pero a partir de que tenga horarios fijos en mi empleo debo adelantarme al tiempo y al menos hacer una planeación de las horas: establecer mis periodos libres, para que el día -la vida- no se me acabe sin haber terminado lo que empecé, aunque claro, esto de escribir nunca termina. Puedo entender por qué sería considerablemente mejor tener un proyecto literario en mente y terminarlo para poder dejar espacio a la imaginación, darle espacio a la vida: acostarse por escrito. Sin embargo, mi proyecto comienza con nada y siempre termina al momento de alcanzar las mil palabras, algo así como las mil y una noches, donde yo sobrevivo cada día a la muerte al alcanzar las palabras necesarias. Quizás, sin saberlo, todo lo que escribo son pequeñas historias -ligados a mi vida o no- y forman -o formarán- algo más grande que mi mismo: mi proyecto literario, mi obra cumbre, mi renuncia a la escritura.

Por ahora tengo claro que no quiero renunciar a escribir, si bien no llego a nada tiene un motivo oculto, el cual espero que se revele con el tiempo, y de no revelarse al menos puedo decir que morir en el intento de buscar respuestas a preguntas nunca antes hechas.

Las nubes que oscurecían la tarde han dejado caer sus amenazas en forma de lluvia. El perro de la vecina ha aullado de manera salvaje, de la forma que su instinto lo ha dictado. Las nubes se desvanecen con las gotas que caen sobre la ciudad, y yo siento la dicha de estar dentro y ser parte de este día. Puedo decir que he estado afuera, que he sentido la tempestad del clima, y que al ser tocado por el viento y por la lluvia me he sentido más vivo que nunca. Hay momentos que nos hacen sentir tanto placer como para darnos una idea de lo que sería la muerte, pero una tormenta nos acerca tanto a la vida que por momentos nos puede hacer sentir invulnerables. Estamos vivos, y la naturaleza es la más pura manera de demostrárnoslo. Yo, aunque estando dentro, puedo sentir las gotas mojando mi rostro, puedo mirar el cielo y sentir cómo la lluvia sirve de catarsis y de cierta manera me purifica. Yo he estado afuera, he sentido otras tormentas, por lo que puedo imaginar cómo se siente ésta. Aunque no siempre tenemos que haber vivido algo para imaginar cómo se siente, muchas veces los sueños superan a la realidad misma y no nos imaginamos cómo pudimos haber sentido algo que nunca hemos vivido. Somos seres de ficción, hemos sobrevivido gracias a que soñamos e imaginamos. Imaginar el dolor de la muerte nos hace alejarnos del destino fatal. No queremos morir, pero muchos de nosotros hemos imaginado de más de una forma nuestra propia muerte. Hemos creado historias sin siquiera darnos cuenta. Hemos imaginado lo imposible y gracias a eso seguimos vivos. Imaginar cómo sería mi muerte si cruzo una avenida a ciegas me impide que lo haga y, muchas veces pensar de manera constante en la muerte, nos hace no poder seguir experimentando la dicha de estar vivos y encerrarnos en casa a esperar que nuestro destino -escrito al nacer- no llegue pronto y de ser posible no llegue nunca.

Estoy a pocas palabras de terminar lo que día con día se ha vuelto mi condena: escribir. Porque la escritura es la vida y se tiene que vivir para contarla. No puedo renunciar tan fácil, y con esto me viene una idea que va a superar las mil palabras.

 

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