De vuelta.

Regreso a este ejercicio de escritura diaria después de haberlo abandonado inconscientemente durante casi tres meses. La vida me dio un golpe enorme, un golpe limpio y certero que me mantuvo aturdido entre el dolor y la nostalgia durante varias semanas. Estoy de vuelta porque la escritura, siempre en compañía de la lectura, salva. No puedo dejar que aspectos nimios o importantes de mi vida pasen desapercibidos, incluso por mí mismo. ¿Cómo relatar lo que ha sucedido en estos tres meses de silencio? Estos 90 días no han pasado en vano. Recuerdo que meses atrás mi vida estaba marcada por el dolor lacerante y continuo de una ruptura amorosa, la agonía del desamor que termina haciendo trizas la autoestima y que nos lleva a sentir que no valemos nada, que no tenemos ningún talento y que nunca nadie volverá a querernos de la misma forma. La vida ha cambiado y yo con ella. Soy el mismo, pero las cicatrices del pasado me han marcado de por vida.

Tengo la tendencia a pensar que mi ruptura con S fue trágica, que yo fui el que terminó herido y, aunque esto es cierto, porque en su momento lo sentí como tal, no perdí nada de mí mismo, salvo lágrimas de aquellos días donde la tristeza era el denominador común de mi vida. Soy más fuerte, soy una mejor persona y ahora, como antes, no tengo miedo de vivir y enamorarme.

Escribo porque leo de manera continua, y al hacerlo de esa manera mis ansias por escribir aumentan. No sé todavía cuál es mi estilo, o si de verdad estoy narrando algo concreto, o si al final son mis pensamientos los que ocupan la mayor parte de estas páginas en blanco.

Vayamos ahora a lo sucedido en este tiempo. Después de semanas de intensa actividad social, donde la inmovilidad no era una elección porque sentía que no podía estar tranquilo conmigo mismo, por fin tengo el mismo placer de antes por la soledad. Esto fue un proceso gradual. Al inicio buscaba desesperadamente una nueva relación, una nueva persona, sin embargo, esto obedecía a una falta de valor por mí mismo. En aquellos días necesitaba de manera desesperada sentirme apreciado, ya que una ruptura amorosa siempre nos lleva a olvidar lo que somos y lo que valemos. Mis intentos se convertían en totales fracasos. Cada una de las personas con las que intentaba enamorarme se daban cuenta de cuán grande era mi necesidad por no estar solo, y nadie quiere cargar con el peso de quien no se soporta a sí mismo.

L. pudo ver ambos seres en mí: aquel a quien la soledad le dolía inmensamente y este que se enamora cada vez un poco más de ella, pero que interiormente añora el aislamiento. Estoy con ella, y a su vez no tengo miedo de perderla. Sé que no he cambiado de manera brutal desde mi última relación, pero al menos estoy siendo más independiente -a mi manera- y no dejo de pensar por mí mismo para no perderme en ella. Compartimos una vida desde hace ya casi dos meses, donde los dos estamos solos y esa soledad nos lleva a estar juntos.

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