Contra el encierro

Vi a un hombre llevar a dos pequeños: uno de la mano y otro en un coche de niño. Iban los tres camino a casa, el padre como único guía y alcoholizado a grandes luces. Minutos después, lo encontré aún en la misma calle, tambaleándose entre charlas de hombres de su mismo talante. Los niños, silenciosos, esperaban. Seguí mi camino, imaginando un futuro en que los hijos no repitieran el destino del padre.

Fatigar los días

Papá se transformaba al beber, si bebe todavía, lo hace. Primero la euforia, pletórico de vida, diciendo sí a todo, mi aventurado padre, luego la agresividad, el insulto fácil contra su mujer y sus hijos, finalmente el derrumbe: un hombre arrepentido, hambriento de cariño, deseando morir. Yo lo escuchaba, incapaz de consolarlo, porque no podía fungir como el padre de mi padre.

Una casa y muchos libros

Por ahora no tengo nada, apenas una leve esperanza que no acaba de nacer. Me digo que la vida me dará la sorpresa, que el camino por fin se me mostrará claro y ya no tendré que vivir en la encrucijada. Por ahora vivo una vida lenta, con pausas leves y momentos incipientes de aceleración instantánea y efímera

Mar de infelicidad

Y hoy, con la perspectiva de un día de ausencia, con la distancia, ahora virtual, que ha interpuesto entre los dos, siento una rotura leve en el corazón, acaso remendada por la sensación de alivio que da la ausencia de compromisos —sobre todo ese tener que dar tiempo para que todo funcionase, estar disponible, responder a los mensajes y las llamadas para mantener a flote la balsa de nuestro amor de juguete

VUELTA A LA SEMILLA

Pienso que mis recuerdos son un ancla gozosa, una forma de tocar el suelo, de ser yo mismo. ¿Qué sería de mí sin el atávico conjunto de mis tristezas? ¿Sin la música tentativa de lo imposible? ¿Sin la desdicha que ahora me embarga el buen ánimo y la desolación que se instala en mi como compañera perpetúa? Nuestra historia de amor, si un día la hubo, lejos está del idea trágico y literario. No somos los personajes de una misma novela, no hay ningún otro capítulo que nos reúna. Somos letra muerta, palabras de un ayer que añoro, pero no una voz que hoy, ahora, lee poesía. Ya no es ella y ya no soy yo. Fuimos un largo suspiro.

¿Qué dice el viento?

Yo la miraba. Feliz de ser aún parte de su vida, sin encontrarle defecto alguno ni obstáculo para vivir a su lado. Me quedaban pocos meses para quererla: al final del año yo estaría ausente; ella, en la espera. La mitad del año la tuvimos a la distancia; la otra mitad se desvaneció porque la distancia ya no era llevadera. Nos quisimos. Luego dejamos de querernos. Todo quedó en pausa

Sobre Bartleby

Bartleby comprendió que el secreto de la vida estaba en decir NO. En rehusarse a hacer lo que los otros esperan. Ser libre en la negativa. Saber que se desea algo, pero ignorar qué, y aun así negarse a lo que el mundo propone. Por ahora, me gustaría mirar por la ventana en silencio, nada más

Preferiría no hacerlo

¿Quieres ser escritor? Preferiría no hacerlo. Como Bartlebly, o acaso contrario a él, como el hombre rebelde de Camus, me rehúso a dejar de escribir aun a sabiendas de que escribir no tiene sentido como la vida. No habrá un lector que llegue hasta esta línea de esta página fatigada por un obstinado escritor que nada quiere decir

Andar por la vida acumulando soledades

Busco la compañía de quien sé que al poco tiempo me repelerá. Lo busco sin saber por qué, o acaso sí lo sé: porque mi soledad me traiciona, se esfuma el placer que siento al estar conmigo mismo y quiero ampliar mi realidad con otras voces ajenas a la mía. Y luego esas voces vienen a pedirme tiempo. Dar tiempo a quien no puedo dárselo. El tiempo que es tan mío y escaso

El mar helado

Toda biblioteca es un cartografía personal, y los libros de Kundera forman parte de la isla de mí mismo. La insoportable levedad del ser fue para mí un libro faro, una guía para encontrar y a la vez definir mi identidad. De cierta forma yo sentía que tenía mucho en común con todos los personajes de la novela. Podía sentirme tanto Sabina como Teresa; Tomás, Franz o Simón; incluso la joven de las gruesas gafas que aparece en contadas ocasiones. Yo, a mis 20 años, necesitaba de modelos que reflejasen la pluralidad de lo que significaba ser como yo sentía ser, y en los personajes de Kundera yo encontré el refugio que necesitaba para sentirme parte de un todo

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