La mañana despejó la tristeza y el desasosiego. El día tenía una nueva razón de ser. Me llegó un libro de Borges, como un regalo especial hecho por alguien que conozco poco. Por eso he venido a estas páginas, para dar cuenta de que se es escritor escribiendo.
El río que no cesa
Es esta luz quizás el preludio de la vida, esta misma luz me vio nacer en aquel pasado frugal es también el final de todo, en algún mañana impreciso. «Me moriré en Paris», profetizaba Vallejo, un viernes o un jueves. Yo no sé dónde ni cuándo. Me moriré vacilante, de este lado o del otro, mañana o más tarde. «Piedra negra sobre una piedra blanca», titulaba Vallejo a su fatídico poema. Yo nunca podré ponerle un título a mi vacilante vida. Me moriré sin nada, anónimo, indecible.
Cavilaciones hacia el final
El inferno tan temido se vuelve confortable, hecho a la medida de su cielo personal donde el fuego no quema sino que basta apenas para calentar la habitación de paredes mortecinas tan fría esta mañana. Se sabe con el tiempo contado. Se sabe finito porque ha visto a la muerte de cerca. La vio en la sala de espera del hospital donde su padre agonizaba, sin ninguna prisa, seguro de que la hora estaba cercana
Flujo temporal
El presente no existe, es tan solo un poco de porvenir y de pasado que confluyen. Tres presentes, el presente actual, este que se aleja mientras escribo; el presente del pasado, el que pertenece a la memoria, el de los recuerdos y el presente del porvenir, una mezcla de temores y esperanzas. Nueva contradicción, sólo hay presente, el presente dividido en tres. Soy el hombre varado en el río del tiempo, siento sus aguas que corren sobre mi cuerpo, aguas que vienen desde la eternidad y que avanzan hacia el porvenir o viceversa.
Ya somos el olvido
Ya somos el olvido que seremos, las cenizas de un fuego lento, morirse cada día de a poco para poder vivir. La vida como desgaste, como muerte pequeña. Morir de a poco para no morirse al instante. Conservar la vida para los años que vienen. Ser cuerpo y no ser mente. La vida sin conciencia... Leer más →
Un golpe en la cabeza
Pensé que, como aquel escritor inolvidable que me cuesta recordar, podría escribir un cuento a partir del golpe que me di en la frente con la esquina de la mesa. Tamaño castigo fue sentir el dolor no previsto pues, como muchos, no tengo ojos en la frente. Comencé entonces a escribir sobre el miedo a... Leer más →