La distancia que escribe

Lo vi por última vez hace tres años. Su voz era la misma, esa que no se me escapa de la memoria. Le compré con gusto un viaje al pasado a través de las papilas gustativas: el mismo sabor de la infancia, de la adolescencia y de la vida adulta. Le pagué de más por la admiración que le tenía, por su alegría imperecedera, fruto de años de fermentación del carácter, como la masa con la que se prepara la histórica bebida.

Entre el sol y la página

Va a parar la lectura, se dará a la vida: se tomará esa cerveza frente al río, se entretendrá con el pasar de mujeres bellas con las que nunca podrá escribir una historia de amor. Dirá que no le queda otra, que ha venido porque quedarse en casa es poca cosa; mañana podría estar muerto, así que hoy ha renunciado a su vida, a sus cosas, a sus inevitables libros. Se le lega la condena de estar vivo: la ineludible cosecha de un fracaso, una muerte segura y quién sabe si próxima.

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