El comienzo siempre es entusiasta

No sabré si antes de morir, consciente de que el final está a muy poco, si me daré por bien servido, si me habré servido a voluntad del banquete de la vida para sentirme conforme, para renunciar feliz, con esa sonrisa en el rostro de los que saben que han ganado a pesar de todo, para quienes la resignación es recompensa. Acaso para entonces haré un balance y me diré que al menos se me concedió la vida, que no fue corta, tampoco larga sino suficiente, lo que me tocaba.

Mar de infelicidad

Y hoy, con la perspectiva de un día de ausencia, con la distancia, ahora virtual, que ha interpuesto entre los dos, siento una rotura leve en el corazón, acaso remendada por la sensación de alivio que da la ausencia de compromisos —sobre todo ese tener que dar tiempo para que todo funcionase, estar disponible, responder a los mensajes y las llamadas para mantener a flote la balsa de nuestro amor de juguete

¿Qué dice el viento?

Yo la miraba. Feliz de ser aún parte de su vida, sin encontrarle defecto alguno ni obstáculo para vivir a su lado. Me quedaban pocos meses para quererla: al final del año yo estaría ausente; ella, en la espera. La mitad del año la tuvimos a la distancia; la otra mitad se desvaneció porque la distancia ya no era llevadera. Nos quisimos. Luego dejamos de querernos. Todo quedó en pausa

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