Lo vi por última vez hace tres años. Su voz era la misma, esa que no se me escapa de la memoria. Le compré con gusto un viaje al pasado a través de las papilas gustativas: el mismo sabor de la infancia, de la adolescencia y de la vida adulta. Le pagué de más por la admiración que le tenía, por su alegría imperecedera, fruto de años de fermentación del carácter, como la masa con la que se prepara la histórica bebida.