La distancia que escribe

Lo vi por última vez hace tres años. Su voz era la misma, esa que no se me escapa de la memoria. Le compré con gusto un viaje al pasado a través de las papilas gustativas: el mismo sabor de la infancia, de la adolescencia y de la vida adulta. Le pagué de más por la admiración que le tenía, por su alegría imperecedera, fruto de años de fermentación del carácter, como la masa con la que se prepara la histórica bebida.

Sed

Por años, la botella fue como un crucifijo que pendía entre el deseo de vivir y el temor de la muerte. Cada noche volvían las pesadillas: la escena de aquel día fatal se repetía como aviso. Se despertaba sediento, deseando el agua con un fervor casi religioso. Lo veía vaciar el contenido, rellenarla, beber un vaso tras otro hasta que el cuerpo (agotado, insistente) decía basta, aunque la sed latiera todavía, molesta y débil

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