El comienzo siempre es entusiasta

No sabré si antes de morir, consciente de que el final está a muy poco, si me daré por bien servido, si me habré servido a voluntad del banquete de la vida para sentirme conforme, para renunciar feliz, con esa sonrisa en el rostro de los que saben que han ganado a pesar de todo, para quienes la resignación es recompensa. Acaso para entonces haré un balance y me diré que al menos se me concedió la vida, que no fue corta, tampoco larga sino suficiente, lo que me tocaba.

Saudade del yo perdido

Para mí, la escritura carece del carácter lúdico que le daba Cortázar. Para mí es casi una vocación de sufrimiento, de pesar por no lograr decir lo que albergaba mi mente. Empiezo con una frase, y a partir de lo que no sé, empiezo a hilvanar los finos hilos de la memoria

Aquí no pasa nada

Aquí no pasa nada, o es que pasa tanto que el todo es fácil desapercibido. Las grandes ciudades son así, uno se atrinchera en su apartamento y se entrega con gusto al olvido necesario del exterior. Cierro la puerta detrás de mí y enseguida renuncio al mundo y su fatigosa realidad. Apenas entro a casa se me otorga la libertad anhelada, la impunidad que dura pocas horas antes de que el mañana con sus obligaciones me saque de mí mismo.

Contra el encierro

Vi a un hombre llevar a dos pequeños: uno de la mano y otro en un coche de niño. Iban los tres camino a casa, el padre como único guía y alcoholizado a grandes luces. Minutos después, lo encontré aún en la misma calle, tambaleándose entre charlas de hombres de su mismo talante. Los niños, silenciosos, esperaban. Seguí mi camino, imaginando un futuro en que los hijos no repitieran el destino del padre.

Fatigar los días

Papá se transformaba al beber, si bebe todavía, lo hace. Primero la euforia, pletórico de vida, diciendo sí a todo, mi aventurado padre, luego la agresividad, el insulto fácil contra su mujer y sus hijos, finalmente el derrumbe: un hombre arrepentido, hambriento de cariño, deseando morir. Yo lo escuchaba, incapaz de consolarlo, porque no podía fungir como el padre de mi padre.

Una casa y muchos libros

Por ahora no tengo nada, apenas una leve esperanza que no acaba de nacer. Me digo que la vida me dará la sorpresa, que el camino por fin se me mostrará claro y ya no tendré que vivir en la encrucijada. Por ahora vivo una vida lenta, con pausas leves y momentos incipientes de aceleración instantánea y efímera

Mar de infelicidad

Y hoy, con la perspectiva de un día de ausencia, con la distancia, ahora virtual, que ha interpuesto entre los dos, siento una rotura leve en el corazón, acaso remendada por la sensación de alivio que da la ausencia de compromisos —sobre todo ese tener que dar tiempo para que todo funcionase, estar disponible, responder a los mensajes y las llamadas para mantener a flote la balsa de nuestro amor de juguete

La carga del amor ausente

Quería que ella supiera que el filme Her, lejos de los aspectos técnicos del guion, la corrección color, la fotografía, fue como un martillazo que fracturó la espesa capa de hielo de mi sentir. Entendí que ninguna historia de amor es para siempre, que el otro, las persona amada, lleva una existencia separada del sentir del enamorado

El lugar de mi fortuna

Me paseaba descalzo, con la inquietud del que no salió del apartamento a pesar del calor pesado de la tarde, tumbado desde el mediodía, los libros amontonados en la mesita para el café, mirando al techo cuando abandonaba la lectura, sintiendo cómo la humedad de las paredes viejas se derramaba adentro de la pieza. Daba pasos desenfadados, las manos atrás, oyendo el crujir del parqué, buscando la pared por la cual se colaba la humedad, el moho que se abatía contra el respaldo del sillón como una telaraña porosa. Nada. Movía la cabeza de un lado a otro, aspirando el aire tibio con una mueca de asco en la cara. No me había afeitado, sentía los vellos de la barbilla rozarme los hombros.

Todo me cansa

Nos vimos una segunda vez como tentativa de recuperar el tiempo perdido, para darnos cuenta si la pasión prevalecía, si no había sido un juego de niños. Ambos descubrimos, primero ella, que ya nada quedaba de la pareja de antaño, los besos ya no sabían igual; me dio un libro como regalo de cumpleaños y de despedida. Luego ya no nos vimos, nos intercambiamos silencio por silencio, mi último mensaje de agonía y ella de indiferencia

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