He de salir airoso de los embates de la vida al saber que he cosechado, en las profundidades de mí mismo, memorias que nadie puede robarme. Nadie puede acceder —salvo la enfermedad del olvido— y quitarme lo que es sólo mío. No me pueden mutilar el pensamiento, tampoco intervenir lo vivido, tampoco todo lo que no he perdido porque ha pasado. ¿He salido entonces indemne de otro año? Mi cumpleaños me sabe agridulce, un andar sobre la tristeza con destellos en el horizonte. Me conformo, que es lo mismo que alegrarse, con lo que he conseguido. Si bien rozo la miseria, la he evadido. Como decía mi padre, hay que agradecer por tener un techo, una comida, trabajo y salud; sobre todo esta última, que sin salud no se puede hacer nada.
Vidas que se parecen
La historia se me fue de las manos. Hablaba de vidas similares, de niños huérfanos, y la historia de mi abuela se abrió paso con su desgracia nunca compartida. Yo, tan solo testigo semanal de su sufrimiento. Si tan solo mi abuela hubiese escrito, contado su juventud, su vida adulta en cartas… Pero esta familia no deja nada para la posteridad, sino el caprichoso y cambiante recuerdo. Quizá por eso escribo: para que en esta familia alguien rompa el silencio que los unió.
Fuego con el juego
Esa era mi manera de jugar, mi descubrimiento primigenio del fuego. La relación estrecha con la eternidad que me precedía, con los primeros hombres que lo descubrieron —de algún modo alojados en mi ADN—, con el primer piromaníaco de la historia, un desconocido entre mis antepasados. Yo, heredero de su placer por ver arder las cosas, pero con el cuidado de que ese fuego no me consumiera.
El halago del tiempo
No llegué a buen puerto. Olvidé, con alguna incomodidad, gran parte del río caudaloso de palabras de duermevela. Mi pensamiento se hundió en la oscura bruma, dediqué cada palabra al alto fracaso, traje al perro negro conmigo. Me siguió a cada paso, dobló junto conmigo en cada esquina, lo vi sediento y yo me miré moribundo en el reflejo de sus ojos. En vano fatigué el camino de mis palabras, le di una caricia —más por descuido que por cariño— al perro negro, y moribundo, agonizante, me dirigí hacia una luz difusa, muy a lo lejos, con la idea insensata de morir en el intento, de que esa luz fuese un fuego abrasante, de que aquel fulgor fuese mi castigo, mi ruina, mi fin.
Un boleto de ida
El otro lado de mí sopesa el porvenir al que he renunciado, la vida del otro lado del espejo, ese hiriente hubiera, el qué habría pasado, qué vida tendría si no tuviese esta. Encontré una vez el consuelo en una cita de Pessoa: si me dieran un boleto de ida a cualquier lugar elegiría esta misma calle, esta misma vista y, en mi caso, la misma luz que anuncia el final de todo
El que espera
Me saludó a lo lejos, sin pormenores, con esa timidez fortuita de quienes no se ven todos los días, y para quienes un saludo efusivo resulta desatinado. Sus ojos brillaban con la misma alegría que el sol otoñal, mientras el viento indómito levantaba su falda larga. No pude apartar la vista de su piel blanca, salpicada de infinitas pecas provocadas por el sol del sur, ni de esas líneas de expresión ya marcadas en sus ojos a tan joven edad
Inerte forma de vida
“Quiero ir a todas partes, y en este deseo, tanto profundo como desesperado, termino por dar rodeos, no avanzar, quedarme en la encrucijada. He pasado años en el mismo lugar, reticente a la caída incesante, al cambio repentino en el que podría encontrar la dicha."
Leyó libros. Agotó páginas.
Fui otro. Acaso más feliz. O menos melancólico. Pero siempre huidizo. Un niño buscando soledad en una azotea, un lugar para hablar solo. No se me dieron los libros, pero desde el inicio se me dio la nada. Los pocos juguetes. La imaginación propicia y a la altura de mi situación. Determinado a querer, desear ciertas cosas y no poder tenerlas. Querer tener lo que no tengo. La reparación del daño. Purgar los pecados de mis padres. Abocar mis fuerzas y mis años a completar la biblioteca que no hubo. Allí donde el niño pudo haber pasado las largas horas.
El impulso perdido
Acá, o aquí, se me dio la escritura, el tiempo para sentarme frente a la máquina de escribir, frente a la hoja en blanco y dejar andar el río de las ideas y los sentimientos. Día con día fui dando forma a mi diccionario personal, mi discurso como ningún otro. Dejé plasmado, para la eternidad o para lo que me dure la vida, los pensamientos atribulados de un día cualquiera. Escribía por amor, escuetas notas cada mañana que amanecíamos juntos, mínimos y diáfanos textos con el propósito de enamorar, de detener el tiempo. Eso era, la escritura era un intento por traducir con palabras lo que no tenía texto, lo indecible, lo inefable. Escribir es apropiarse de un fragmento mínimo del tiempo, la hora que dura este intempestivo ejercicio de escritura.
El lugar de tu sueño
Cuando volví a entrar, ya lo peor había pasado. Ya no sufrías, papá, porque ya no podías sentir dolor, porque el dolor es algo terrenal y tú ya no pertenecías al reino de este mundo. Me encontré con lo que ya serían los restos de ti. Tan solo el cuerpo que ya no respira, que lento se cubre de un color amarillo que yo me empeñé en robarle la idea a Borges y decir que era el amarillo de los tigres, el oro de los tigres. Te tomé de la mano para que no cruzaras en solitario hacia el otro lado, papá, porque una parte de mí se iba contigo, te acompañaba en ese viaje a la otra vida como hizo Virgilio con Dante