El breve paso de la vida

Desde este lado, a partir de mis pasos guardados en la memoria, recorreré los lugares de mi infancia: la única casa en la que viví, las primeras escuelas, los primeros rostros que ya son familiares. Un ejercicio escatológico: vivos y muertos, todos fantasmas alojados en mis recuerdos febriles y abigarrados. Seré un dandi pordiosero, ausente, maltrecho, reconciliado con el ayer. Seré asimismo un recuerdo; empero, no transparente como los seres que habitan mis memorias de ultratumba

Quedará escrito

Así escribí un cuento hace mucho: el de un hombre moribundo, un remedo de Artemio Cruz, que ve a la muerte y habla con ella. Le dice que está listo, que la esperaba incluso antes de la llegada del dolor, antes de contar los minutos que le quedaban antes del último aliento. Un hombre sin miedo, que durante años se dedicó a negarla, a vilipendiarla y evitarla, pero que ahora ahí estaba, como amiga, como acompañante hasta donde sea que llevase el camino. La muerte como última guía por calles desconocidas, hasta el destino final, el lugar de donde venimos, donde todo es silencio y oscuridad, donde el yo se esfuma porque ya no tiene nadie en quien reflejarse.

Carta a un escritor que no escribe

Escribo desde la adversidad, desde mi fuero interno de no escritor, de escribidor de diarios sin forma, sin una notable prosa, con el denuedo irrisorio de quien escribe imaginando un futuro de triunfos y reconocimiento. No pocas veces la página escrita resulta una flagelación. Me declaro incapaz de escribir ficción, sin talento alguno para la escritura, un eterno principiante, de un éxito rampante para el mayor de los fracasos

VUELTA A LA SEMILLA

Pienso que mis recuerdos son un ancla gozosa, una forma de tocar el suelo, de ser yo mismo. ¿Qué sería de mí sin el atávico conjunto de mis tristezas? ¿Sin la música tentativa de lo imposible? ¿Sin la desdicha que ahora me embarga el buen ánimo y la desolación que se instala en mi como compañera perpetúa? Nuestra historia de amor, si un día la hubo, lejos está del idea trágico y literario. No somos los personajes de una misma novela, no hay ningún otro capítulo que nos reúna. Somos letra muerta, palabras de un ayer que añoro, pero no una voz que hoy, ahora, lee poesía. Ya no es ella y ya no soy yo. Fuimos un largo suspiro.

Andar por la vida acumulando soledades

Busco la compañía de quien sé que al poco tiempo me repelerá. Lo busco sin saber por qué, o acaso sí lo sé: porque mi soledad me traiciona, se esfuma el placer que siento al estar conmigo mismo y quiero ampliar mi realidad con otras voces ajenas a la mía. Y luego esas voces vienen a pedirme tiempo. Dar tiempo a quien no puedo dárselo. El tiempo que es tan mío y escaso

El abismo tendrá que consumarse

Ya no he de suponerlo: eres real porque ahora te escribo. Lo real irrumpió como lo mágico en mi vida calma, de lento andar, y de golpe me supe preso de las circunstancias y de las probabilidades. El viaje salió bien, la conversación aceleró el paso del tiempo y, días después de lo que había pensado que era una despedida para siempre, volviste intempestiva como yo ahora escribo. Esta carta tiene mucho de palabras al vuelo y otro tanto de deseo de volverse texto

El lugar de mi calma

No se me ocurre mayor halago que decir que en ti yo encontré el libro que estaba buscando, porque toda vida es un camino para llegar a un libro. Te encontré y quise leerte, quise hojear precipitado tus páginas de piel y sangre, pronunciar lento cada palabra, cada frase, llegar a leerte entrelíneas. Sentí por vez primera que podía prescindir de este lugar, de mis paredes mortecinas, de mis libros que sostienen mi ánimo por vivir un nuevo día

Saber que se sabe

Qué hubiera dicho Onetti de las escuelas de escritura creativa, vaya engaño para los idiotas, perro de la desdicha, hombres y mujeres sin talento para la mentira. Sé que Cortázar me golpearía con una silla al pedirle consejo, porque el verdadero escritor no pide consejos ajenos, sabe ya, dentro de sí, cuál es el camino que seguir. Dos herramientas fundamentales: la soledad y los libros, al que se le suma como intrusa la escritura. Tiempo para leer, tiempo para escribir y tiempo para corregir lo escrito. Tomar esa rutina como eterno retorno personal, tiempo para regresar y empezar de nuevo.

Nada sé de cierto

Vuelvo a la imagen conjetural de la próxima vejez, del laberíntico andar por hospitales de paredes blancas, secretarias indolentes, médicos cansados y enfermeras de falsa cortesía. Se me verá distinto, se me hablará más fuerte, la presunta idea de que el señor ya no escucha bien. Andaré solo, pues no tendré hijos, mi mujer nunca quiso tenerlos, y yo me acostumbré a la vida de dos que se aman

El tiempo perdido

Lo que lamento es el olvido como señal de que aquel yo de menos edad no es el que ahora escribe. Me identifico más con el niño sin conciencia, ausente, con muy pocos recuerdos que con el adolescente que vivía una farsa. No tengo ninguna prueba escrita —porque lo escrito es lo único que tiene valor— de que viví aquellos años. Hay, existe tan solo la imagen que me interpela, y me digo que cómo han pasado los años, que mi rostro ya no es el mismo, que he envejecido como envejecen mis padres

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