Una confesión sobre la misantropía, la máscara social y la escritura como refugio: entre la necesidad de aislamiento y la amistad silenciosa de los libros.
Las nubes amenazan con inminente lluvia
Entre la lluvia y la página, escribir se convierte en una carrera contra el tiempo: una forma de salvar del olvido los instantes, los amores pasados y la incertidumbre de llegar a ser escritor.
La eterna compañía
Vacío hasta lo inusual, presa de los muros de mi pensamiento blanco, ausente de color. He perdido el flujo de las ideas; no logro atraparlas cuando vienen y no sé hacia qué eternidad se dirigen. No lo sabía. Acabo de descubrir que la mayor parte de mi escritura nace del impulso, de esa escritura automática... Leer más →
Dar cuenta de la vida
Pero la madre regresa a la infancia, a los miedos nunca superados. El miedo al agua, por ejemplo. El no haber aprendido a nadar. Cuenta que estuvo a punto de morir ahogada, y al hijo esa imagen le trae el eco de su propia inexistencia, la posibilidad de no haber sido si su madre no se hubiera salvado. Fue en Chapala, cuando uno todavía podía bañarse en la laguna, cuando estaba azul de bonita, el agua bien clarita y el sol bien fuerte. Tu abuelo nos llevó. Yo me metí sin saber nadar, o sin saber nadar muy bien, pero me fui muy lejos, como si el movimiento del agua me arrastrara cada vez más adentro. Cuando me di cuenta me ganó la desesperación. Quise regresar a la orilla, pero ya no tocaba el fondo. Empecé a gritar. Ya no me daba cuenta de lo que pasaba. Fue tu abuelo quien me sacó —y el hijo piensa que le debe por partida doble su existencia al abuelo— casi desmayada, jadeante, sin poder respirar del puro miedo.
Aquí nos tocó vivir
—Papá, ¿cómo era la casa donde vivías cuando eras niño? Era una casa muy grande pero a la vez muy pequeña. Muy grande porque mis hermanos y yo teníamos espacio para correr y jugar. Muy pequeña porque ninguno tenía su propio cuarto. La sala era enorme y ahí pasaba casi toda nuestra vida: cenábamos viendo una televisión diminuta, cuyo sonido solo volvía cuando alguien le daba un golpe. Crecimos viendo la tele; no lo hicimos leyendo libros. Los libros llegarían más tarde. Sigo viviendo al día, como ellos. Solo que ahora soy yo quien mira hacia la puerta, esperando ver llegar a papá después del trabajo.
Entre la página y el desengaño
Me di cuenta, con el remordimiento que causa la rememoración de los fallos pasados, de que nunca hice un retrato escrito de P. Si bien he dejado trazos tímidos en algunos textos, nunca hice una descripción deliberada de su ser. Si alguna vez lo hice fue con el ánimo de enamorar. Recuerdo haber exaltado, con hiperbólico egoísmo —como un regalo a cambio de una recompensa— no escasas virtudes: su belleza, la fuerza de su carácter, su incomparable inteligencia, su mirar diáfano y su reír de niña astuta
Lo que fue presente
Y hoy escribe palabras de arrullo, palabras dormidas, de ensueño, porque mañana se me vedan las horas, se terminan mis dos de insuficiente descanso, se lamenta a la vez que escribe, deja huella de su gran infortunio. En vano intentó concentrarse en las páginas de un libro sencillo, seguir el ritmo gradual de la lectura, dejarse ir poco a poco, entre líneas, para ya no estar consciente de estar leyendo. Estuvo, sin embargo, orgulloso de sus tres páginas memoriales, las de su diario que no termina, aquello que fue presente
Fuego con el juego
Esa era mi manera de jugar, mi descubrimiento primigenio del fuego. La relación estrecha con la eternidad que me precedía, con los primeros hombres que lo descubrieron —de algún modo alojados en mi ADN—, con el primer piromaníaco de la historia, un desconocido entre mis antepasados. Yo, heredero de su placer por ver arder las cosas, pero con el cuidado de que ese fuego no me consumiera.
Inerte forma de vida
“Quiero ir a todas partes, y en este deseo, tanto profundo como desesperado, termino por dar rodeos, no avanzar, quedarme en la encrucijada. He pasado años en el mismo lugar, reticente a la caída incesante, al cambio repentino en el que podría encontrar la dicha."
Aquí no pasa nada
Aquí no pasa nada, o es que pasa tanto que el todo es fácil desapercibido. Las grandes ciudades son así, uno se atrinchera en su apartamento y se entrega con gusto al olvido necesario del exterior. Cierro la puerta detrás de mí y enseguida renuncio al mundo y su fatigosa realidad. Apenas entro a casa se me otorga la libertad anhelada, la impunidad que dura pocas horas antes de que el mañana con sus obligaciones me saque de mí mismo.