Quedará escrito

Así escribí un cuento hace mucho: el de un hombre moribundo, un remedo de Artemio Cruz, que ve a la muerte y habla con ella. Le dice que está listo, que la esperaba incluso antes de la llegada del dolor, antes de contar los minutos que le quedaban antes del último aliento. Un hombre sin miedo, que durante años se dedicó a negarla, a vilipendiarla y evitarla, pero que ahora ahí estaba, como amiga, como acompañante hasta donde sea que llevase el camino. La muerte como última guía por calles desconocidas, hasta el destino final, el lugar de donde venimos, donde todo es silencio y oscuridad, donde el yo se esfuma porque ya no tiene nadie en quien reflejarse.

Fragmentos de un escritor

Ese ha sido siempre el problema: me cuesta ordenar mis ideas y darles una salida coherente. Por eso mi blog se llama Fragmentos de un escritor: porque soy un experto en el arte de no terminar nada de lo que escribo. No doy continuidad a ningún fragmento publicado. Todo lo dejo como sale de la imprenta virtual. Ya no me interesa cambiar nada, salvo alguna falta de ortografía o de sintaxis.

Fuego con el juego

Esa era mi manera de jugar, mi descubrimiento primigenio del fuego. La relación estrecha con la eternidad que me precedía, con los primeros hombres que lo descubrieron —de algún modo alojados en mi ADN—, con el primer piromaníaco de la historia, un desconocido entre mis antepasados. Yo, heredero de su placer por ver arder las cosas, pero con el cuidado de que ese fuego no me consumiera.

El halago del tiempo

No llegué a buen puerto. Olvidé, con alguna incomodidad, gran parte del río caudaloso de palabras de duermevela. Mi pensamiento se hundió en la oscura bruma, dediqué cada palabra al alto fracaso, traje al perro negro conmigo. Me siguió a cada paso, dobló junto conmigo en cada esquina, lo vi sediento y yo me miré moribundo en el reflejo de sus ojos. En vano fatigué el camino de mis palabras, le di una caricia —más por descuido que por cariño— al perro negro, y moribundo, agonizante, me dirigí hacia una luz difusa, muy a lo lejos, con la idea insensata de morir en el intento, de que esa luz fuese un fuego abrasante, de que aquel fulgor fuese mi castigo, mi ruina, mi fin.

Sed

Por años, la botella fue como un crucifijo que pendía entre el deseo de vivir y el temor de la muerte. Cada noche volvían las pesadillas: la escena de aquel día fatal se repetía como aviso. Se despertaba sediento, deseando el agua con un fervor casi religioso. Lo veía vaciar el contenido, rellenarla, beber un vaso tras otro hasta que el cuerpo (agotado, insistente) decía basta, aunque la sed latiera todavía, molesta y débil

Un boleto de ida

El otro lado de mí sopesa el porvenir al que he renunciado, la vida del otro lado del espejo, ese hiriente hubiera, el qué habría pasado, qué vida tendría si no tuviese esta. Encontré una vez el consuelo en una cita de Pessoa: si me dieran un boleto de ida a cualquier lugar elegiría esta misma calle, esta misma vista y, en mi caso, la misma luz que anuncia el final de todo

El que espera

Me saludó a lo lejos, sin pormenores, con esa timidez fortuita de quienes no se ven todos los días, y para quienes un saludo efusivo resulta desatinado. Sus ojos brillaban con la misma alegría que el sol otoñal, mientras el viento indómito levantaba su falda larga. No pude apartar la vista de su piel blanca, salpicada de infinitas pecas provocadas por el sol del sur, ni de esas líneas de expresión ya marcadas en sus ojos a tan joven edad

Inerte forma de vida

“Quiero ir a todas partes, y en este deseo, tanto profundo como desesperado, termino por dar rodeos, no avanzar, quedarme en la encrucijada. He pasado años en el mismo lugar, reticente a la caída incesante, al cambio repentino en el que podría encontrar la dicha."

Leyó libros. Agotó páginas.

Fui otro. Acaso más feliz. O menos melancólico. Pero siempre huidizo. Un niño buscando soledad en una azotea, un lugar para hablar solo. No se me dieron los libros, pero desde el inicio se me dio la nada. Los pocos juguetes. La imaginación propicia y a la altura de mi situación. Determinado a querer, desear ciertas cosas y no poder tenerlas. Querer tener lo que no tengo. La reparación del daño. Purgar los pecados de mis padres. Abocar mis fuerzas y mis años a completar la biblioteca que no hubo. Allí donde el niño pudo haber pasado las largas horas.

El impulso perdido

Acá, o aquí, se me dio la escritura, el tiempo para sentarme frente a la máquina de escribir, frente a la hoja en blanco y dejar andar el río de las ideas y los sentimientos. Día con día fui dando forma a mi diccionario personal, mi discurso como ningún otro. Dejé plasmado, para la eternidad o para lo que me dure la vida, los pensamientos atribulados de un día cualquiera. Escribía por amor, escuetas notas cada mañana que amanecíamos juntos, mínimos y diáfanos textos con el propósito de enamorar, de detener el tiempo. Eso era, la escritura era un intento por traducir con palabras lo que no tenía texto, lo indecible, lo inefable. Escribir es apropiarse de un fragmento mínimo del tiempo, la hora que dura este intempestivo ejercicio de escritura.

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