Quería que ella supiera que el filme Her, lejos de los aspectos técnicos del guion, la corrección color, la fotografía, fue como un martillazo que fracturó la espesa capa de hielo de mi sentir. Entendí que ninguna historia de amor es para siempre, que el otro, las persona amada, lleva una existencia separada del sentir del enamorado
Una promesa sin garantía
El vértigo no es el miedo al vacío sino el deseo de caer, que esa caída no se termine, que el vacío sea la caída incesante y no el final. He aceptado mi eterno retorno, la vida con sus virtudes y sus ofensas; sus recompensas y sus golpes. Si volviera a nacer tomaría las mismas decisiones para que me llevasen a la misma calle, a la misma noche de todos los tiempos
El lugar de mi calma
No se me ocurre mayor halago que decir que en ti yo encontré el libro que estaba buscando, porque toda vida es un camino para llegar a un libro. Te encontré y quise leerte, quise hojear precipitado tus páginas de piel y sangre, pronunciar lento cada palabra, cada frase, llegar a leerte entrelíneas. Sentí por vez primera que podía prescindir de este lugar, de mis paredes mortecinas, de mis libros que sostienen mi ánimo por vivir un nuevo día
El lugar de mi fortuna
Me paseaba descalzo, con la inquietud del que no salió del apartamento a pesar del calor pesado de la tarde, tumbado desde el mediodía, los libros amontonados en la mesita para el café, mirando al techo cuando abandonaba la lectura, sintiendo cómo la humedad de las paredes viejas se derramaba adentro de la pieza. Daba pasos desenfadados, las manos atrás, oyendo el crujir del parqué, buscando la pared por la cual se colaba la humedad, el moho que se abatía contra el respaldo del sillón como una telaraña porosa. Nada. Movía la cabeza de un lado a otro, aspirando el aire tibio con una mueca de asco en la cara. No me había afeitado, sentía los vellos de la barbilla rozarme los hombros.
La maldición de los libros
Sueña con las bibliotecas que se unen, las del lado de allá y el lado de acá, las imagina por fin reunidas, poblando la soledad del apartamento. Libros que dan vida, que conforman el mapa, el itinerario del lector. Mi vida en unos cuantos libros, muy pocos en comparación a la biblioteca del universo, pero mínimos, abordables, el esbozo más cercano de su dueño. Una biblioteca definida, retrato asimismo de mi deseo, de su caos consensuado.
Todo me cansa
Nos vimos una segunda vez como tentativa de recuperar el tiempo perdido, para darnos cuenta si la pasión prevalecía, si no había sido un juego de niños. Ambos descubrimos, primero ella, que ya nada quedaba de la pareja de antaño, los besos ya no sabían igual; me dio un libro como regalo de cumpleaños y de despedida. Luego ya no nos vimos, nos intercambiamos silencio por silencio, mi último mensaje de agonía y ella de indiferencia
Saber que se sabe
Qué hubiera dicho Onetti de las escuelas de escritura creativa, vaya engaño para los idiotas, perro de la desdicha, hombres y mujeres sin talento para la mentira. Sé que Cortázar me golpearía con una silla al pedirle consejo, porque el verdadero escritor no pide consejos ajenos, sabe ya, dentro de sí, cuál es el camino que seguir. Dos herramientas fundamentales: la soledad y los libros, al que se le suma como intrusa la escritura. Tiempo para leer, tiempo para escribir y tiempo para corregir lo escrito. Tomar esa rutina como eterno retorno personal, tiempo para regresar y empezar de nuevo.
Ya no somos los mismos
Aunque parezca ser que todo en mi es resignación, que doy lo perdido por perdido, sin ánimos de recuperarlo, creo que seguimos siendo, en cierta medida, los que fuimos. No es que hayamos dejado de ser, sino que el porvenir, desde ese pasado divergente, nos dio otros yos. Nos multiplicamos en uno sólo, acaso por eso nos cuesta reconocernos porque hemos pasado a ser multitudes
Nada sé de cierto
Vuelvo a la imagen conjetural de la próxima vejez, del laberíntico andar por hospitales de paredes blancas, secretarias indolentes, médicos cansados y enfermeras de falsa cortesía. Se me verá distinto, se me hablará más fuerte, la presunta idea de que el señor ya no escucha bien. Andaré solo, pues no tendré hijos, mi mujer nunca quiso tenerlos, y yo me acostumbré a la vida de dos que se aman
Jueves
Mi padre murió un jueves. Estuve al pie de su cama, dándole la espalda a la muerte que no tenía tiempo para los adioses, custodiando sus últimas horas, no sé cuántas, dijo el médico, pero le queda muy poco. La muerte ya lo sabía, se le subía por los pies, se los pintaba de negro. Papá no sentía ya dolor, era lo que nos decían, estaba dormido, con suerte en un sueño alegre, lejano pero con contacto sonoro —nos decían— con el reino de este mundo