Querer ser escritor y no saber cómo llegar a serlo. Escribir, pero escribir no basta. Debo recorrer el camino de la corrección, de la relectura de mis textos olvidados.
Pasado recóndito y dulce
«Pasado recóndito y dulce, el ayer de los años que nos precedieron, los allegados que nos legaron un porvenir a partir de aquello que vivir tiene de trivial y fortuito.
¿A quién debo este río retumbante de ideas que tiende a desbordarse?»
Me moriré un jueves
No es un bloqueo creativo; tampoco un miedo a la página en blanco, sino más bien una náusea profunda, un desánimo exacerbado, una ingente desazón por haber escrito con el ímpetu del ingenuo ilusionado y no poder escribir hoy, en presente, de la misma forma que ayer. Sentir que me he vaciado, que he dicho... Leer más →
Dar cuenta de la vida
Pero la madre regresa a la infancia, a los miedos nunca superados. El miedo al agua, por ejemplo. El no haber aprendido a nadar. Cuenta que estuvo a punto de morir ahogada, y al hijo esa imagen le trae el eco de su propia inexistencia, la posibilidad de no haber sido si su madre no se hubiera salvado. Fue en Chapala, cuando uno todavía podía bañarse en la laguna, cuando estaba azul de bonita, el agua bien clarita y el sol bien fuerte. Tu abuelo nos llevó. Yo me metí sin saber nadar, o sin saber nadar muy bien, pero me fui muy lejos, como si el movimiento del agua me arrastrara cada vez más adentro. Cuando me di cuenta me ganó la desesperación. Quise regresar a la orilla, pero ya no tocaba el fondo. Empecé a gritar. Ya no me daba cuenta de lo que pasaba. Fue tu abuelo quien me sacó —y el hijo piensa que le debe por partida doble su existencia al abuelo— casi desmayada, jadeante, sin poder respirar del puro miedo.
El impulso y la nada
Comencé a escribir como método —no carente de dolor— para extraer la espina que tenía clavada en el corazón. No voy a negar que, a medida que escribía, sentía que la espina, en lugar de salir, se alojaba más hondo, provocándome un insomnio de ideas suicidas. La escritura no fue en sus inicios salvación, pero sí una catarsis lenta, de purgatorio: la única forma de no caer en el infierno tan temido de la desolación.
Aquí nos tocó vivir
—Papá, ¿cómo era la casa donde vivías cuando eras niño? Era una casa muy grande pero a la vez muy pequeña. Muy grande porque mis hermanos y yo teníamos espacio para correr y jugar. Muy pequeña porque ninguno tenía su propio cuarto. La sala era enorme y ahí pasaba casi toda nuestra vida: cenábamos viendo una televisión diminuta, cuyo sonido solo volvía cuando alguien le daba un golpe. Crecimos viendo la tele; no lo hicimos leyendo libros. Los libros llegarían más tarde. Sigo viviendo al día, como ellos. Solo que ahora soy yo quien mira hacia la puerta, esperando ver llegar a papá después del trabajo.