Escribo como afrenta contra la vida leve, insustancial, hecha de un pormenor ingente en su realización irreflexiva. Escribo y evado la lectura, la relectura, la reescritura. No termino nada. Comienzo siempre un nuevo texto que alimenta el sinfín de mi falta de disciplina, de mi incapacidad para los finales absolutos. Textos fragmentados: ya ni siquiera diarios, ahora semanales, cuando mis posibilidades rebeldes lo permiten
El impulso perdido
Acá, o aquí, se me dio la escritura, el tiempo para sentarme frente a la máquina de escribir, frente a la hoja en blanco y dejar andar el río de las ideas y los sentimientos. Día con día fui dando forma a mi diccionario personal, mi discurso como ningún otro. Dejé plasmado, para la eternidad o para lo que me dure la vida, los pensamientos atribulados de un día cualquiera. Escribía por amor, escuetas notas cada mañana que amanecíamos juntos, mínimos y diáfanos textos con el propósito de enamorar, de detener el tiempo. Eso era, la escritura era un intento por traducir con palabras lo que no tenía texto, lo indecible, lo inefable. Escribir es apropiarse de un fragmento mínimo del tiempo, la hora que dura este intempestivo ejercicio de escritura.