Ninguna vicisitud a la vista; tampoco percibo el sosiego, esa felicidad no pedida. Tan solo vislumbro, como en una suerte de clarividencia, el irresoluto andar de la vida. Mi ritmo de escritura sigue por la senda de lo discontinuo. Ahora se ha volcado en una ausencia menesterosa: pienso en escribir y no escribo.
El día se me deshace en cavilaciones desesperanzadas, en un fulgor insensato de ruina; mi desdicha se infla como un globo a punto de estallar. Hay un cansancio —una fatiga nada insólita— que me desgasta y me conduce a la idea de renuncia.
¿Qué estoy haciendo aquí?
Me lo pregunto en los minutos difíciles del trabajo, con la carga acumulada en los hombros doblándome la espalda. No voy a negar que la misantropía ha incidido en mi ser, en apariencia afable. Trato con la misma gente que desprecio: rostros famélicos, insistentes, incapaces de indulgencia. No es raro que un bello rostro —una mujer de maneras no insolentes— me devuelva momentáneamente a la calma, con una sonrisa que funciona como soborno.
Volver al ruedo. La ira, aún contenida, se expresa en un soplido, en una frase en decadencia, en una voz que apenas logra sostener la fatiga. Una pausa —un minuto inútil— interrumpido por una voz demandante. El trabajo de servir y no poder complacer a todos.
Siento el desgaste: los pies de piedra, el andar torpe del olvido. Y, sin embargo, regresa la ausencia de tribulaciones. El final de la noche apacigua y murmura: no estuvo tan mal. El día ha llegado a buen puerto.
Y escribo.
Escribo como afrenta contra la vida leve, insustancial, hecha de un pormenor ingente en su realización irreflexiva. Escribo y evado la lectura, la relectura, la reescritura. No termino nada. Comienzo siempre un nuevo texto que alimenta el sinfín de mi falta de disciplina, de mi incapacidad para los finales absolutos. Textos fragmentados: ya ni siquiera diarios, ahora semanales, cuando mis posibilidades rebeldes lo permiten.
Escribo con el tiempo a cuestas, con el tictac fulminante que me obliga a partir, a despojarme de la máscara de escritor para asumir la del hombre corriente. Así me dirijo al trabajo, donde soy otro: un despojo del yo, privado de lo profundo y equipado de lo leve, de lo estricto, de lo irreflexivo de una máquina.
El regreso a casa es la continuidad del día: ponerle fin al dirigirse a la cama, olvidar el cansancio y entregarse a un descanso no eterno, pero reparador, para emprender el viaje al mañana de lo mismo. Llega el mañana: suena el despertador para ignorarlo, para pedirle unos minutos más —da lo mismo si se comienza tarde—. Levantarse. Sentir el cuerpo adolorido. Decirse: he dado una gran batalla el día de ayer.
Sentirse realizado —idea ridícula— por haberse sobreexplotado, por haber dado todo por el trabajo. No he sentido ese cansancio por un día de lectura, tampoco por las páginas que escribo como mandato, como vicio, aunque de nada sirva.
¿De qué sirve vivir si no se puede crear?
Todo día laboral es una ufana realización inconsciente del éxito. Trabajar mucho como medio de la realización. ¿Escribir es trabajo? No se puede prescindir de la fatiga: la actividad intelectual también agota. Pero es una fatiga con resonancia, con peso, distinta a la reiteración de una jornada al servicio de los otros.
Un escritor se ufana en conquistar un espacio en la eternidad: habitar otras mentes, recorrer los vericuetos de un personaje verosímil para entender, para dar vida a otra realidad. Ser escritor es, entonces, el deseo irreprimible de sobrevivir más allá de sí mismo, acaso ser libro en lugar de escritor, perdurar en el recuerdo de ese vasto círculo de amigos invisibles: los lectores.
Yo no lo logro.
Estoy condenado a ver rodar la piedra hasta el valle. Escribir todos los días es subirla para verla caer. ¿Por qué? Porque muy poco —una ínfima parte— de lo escrito llega a ser texto. Solo la corrección lo salva; solo la publicación lo fija.
¿Cuántos de mis pocos lectores han grabado mi nombre en la página escueta de su conciencia?
Tengo dudas. La vida es irresuelta. El mañana, incierto.
¿Qué quiero hacer?
A veces también dudo de la senda literaria que he tomado. Me invade la idea trágica de haberme empeñado —no sin obstinación— en una actividad infructuosa. Y, sin embargo, sigo. No me dejo vencer por la ausencia de sentido que atraviesa la vida.
Todo ha perdido el color de antaño, pero no me disgustan las tonalidades grises. Puedo respirar. Puedo moverme. Y el dolor en mis muñecas es ya casi imperceptible.
Me ha tomado más de una hora escribir mil palabras. Me he deshabituado. Cada palabra es un escalón alto en una escalera interminable. La subida se vuelve fatigosa, cercana a la renuncia.
Siento cada frase como un estertor, un hundimiento. La respiración se vuelve difícil. Lo demás por hacer me apremia: termina pronto. Y, sin embargo, la escritura debería ser un placer sin tiempo.
No soy el escritor obcecado por lo bien hecho. Escribo para mí. Se dirá: onanismo literario. Tal vez. Textos no aptos para otros. Textos que no dicen nada.
¿Qué me he perdido?
Ya no acudo a la infancia. No hay nostalgia. No hay familia.
Solo esta página.
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