Leyó libros. Agotó páginas.

Fui otro. Acaso más feliz. O menos melancólico. Pero siempre huidizo. Un niño buscando soledad en una azotea, un lugar para hablar solo. No se me dieron los libros, pero desde el inicio se me dio la nada. Los pocos juguetes. La imaginación propicia y a la altura de mi situación. Determinado a querer, desear ciertas cosas y no poder tenerlas. Querer tener lo que no tengo. La reparación del daño. Purgar los pecados de mis padres. Abocar mis fuerzas y mis años a completar la biblioteca que no hubo. Allí donde el niño pudo haber pasado las largas horas.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑