El impulso y la nada

Comencé a escribir como método —no carente de dolor— para extraer la espina que tenía clavada en el corazón. No voy a negar que, a medida que escribía, sentía que la espina, en lugar de salir, se alojaba más hondo, provocándome un insomnio de ideas suicidas. La escritura no fue en sus inicios salvación, pero sí una catarsis lenta, de purgatorio: la única forma de no caer en el infierno tan temido de la desolación.

Pues qué tantas palabras puedo decir

Mi padre, sin proponérselo, una noche de fin de año, nos dejó un mensaje para nuestro consuelo. A más de un año de su muerte corporal se ha vuelto recuerdo imperecedero. En el video se le ve feliz, el ánimo alebrestado por unos cuantos tragos de cerveza, y mi hermano le pide —sin saber que ese video sería hoy una reliquia invaluable— que diga unas palabras. Y papá dice, con esa timidez suya: pues qué tantas palabras puedo decir si ya han dicho todo. Yo lo que quiero es que, así como estamos ahorita, estemos siempre unidos; que Dios nos preste vida y que la paz, la felicidad y el amor mutuo nos brinde con toda su misericordia. Y que seamos todos muy felices: ¡feliz año nuevo!

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