Los demasiados libros

¿Crees que a tu tío Julián le haya hecho daño leer tanto?, pregunta mi madre, preocupada, no ajena a la creencia inmemorial y novelesca —parte inalienable de nuestra cultura universal— de que a un hombre se le seca el cerebro hasta la locura por haber leído demasiados libros. Mamá cree que su hermano Julián sufre de esa enfermedad: los mentados libros lo hicieron así, hijo; él nunca quiso tener un trabajo ni un sueldo fijos; desdeñaba toda autoridad, toda adherencia a los sindicatos o a los partidos, y por eso terminó así

El día que no supe quién era

Leía por placer, no para crear. La imaginación me bastaba. Veía desfilar imágenes; sentía la felicidad y la tragedia. Vivía más allá de mi casa humilde, de ese pedazo de mundo donde me tocó nacer. Recorrí el mundo a través de páginas: los libros como mariposas de alas infinitas. Crucé fronteras, conocí países, mentes, personas. Hablé con los muertos: prestidigitador torpe, nigromante que dialogaba con otras almas.

Una casa y muchos libros

Por ahora no tengo nada, apenas una leve esperanza que no acaba de nacer. Me digo que la vida me dará la sorpresa, que el camino por fin se me mostrará claro y ya no tendré que vivir en la encrucijada. Por ahora vivo una vida lenta, con pausas leves y momentos incipientes de aceleración instantánea y efímera

Leer para otros

Así que durante las horas juntos me vuelvo el anfitrión molesto que habla de libros sin que a nadie en la sala le interese lo que digo, les leo textos como tentativa inútil para llamar su atención. Después me sumo en el silencio, en una idea desesperada que dejé a medias durante el mediodía y que desarrollo como paliativo contra mi soledad rodeada de amigos. Vuelvo después, dolor de cabeza que me impide el disfrute, el compartir con el prójimo el tiempo como dadiva de aprecio, porque no hay mejor forma de mostrar a los amigos que se les quiere que con el tiempo que se comparte con ellos.

La maldición de los libros

Sueña con las bibliotecas que se unen, las del lado de allá y el lado de acá, las imagina por fin reunidas, poblando la soledad del apartamento. Libros que dan vida, que conforman el mapa, el itinerario del lector. Mi vida en unos cuantos libros, muy pocos en comparación a la biblioteca del universo, pero mínimos, abordables, el esbozo más cercano de su dueño. Una biblioteca definida, retrato asimismo de mi deseo, de su caos consensuado.

Ya no somos los mismos

Aunque parezca ser que todo en mi es resignación, que doy lo perdido por perdido, sin ánimos de recuperarlo, creo que seguimos siendo, en cierta medida, los que fuimos. No es que hayamos dejado de ser, sino que el porvenir, desde ese pasado divergente, nos dio otros yos. Nos multiplicamos en uno sólo, acaso por eso nos cuesta reconocernos porque hemos pasado a ser multitudes

Un cuaderno

D. me miró a los ojos luego de mi beso de adelantada despedida. Sacó de su bolso un cuaderno de cuero, dentro una carta que leí al instante, una declaración de amor sin fronteras, un amor de puentes colgantes entre países, su infinita confianza en mí para que agotara las páginas de ese cuaderno, para que cumpliese mi inseguro propósito de ser escritor, ella como mi primera lectora. No lloré porque no era momento de llorar, porque nos íbamos a volver a ver, porque no era exagerado decir que la pasión iba a prevalecer, que la renovaríamos con el fuego encendido de tanta ausencia

Hablar solo

Qué fácil se dejó llevar por el consuelo de una ensoñación, por los abrazos que duraban un segundo, un beso de labios lejanos. La vio partir como felicidad, le dio un libro para que no olvidase su nombre, para que cada palabra le sonara a él. Ha sido tantos hombres, menos aquel con quien ella ha desfallecido de amor

Otra afrenta

No obstante, lo asaltarán otras ideas, llegarán a brincos, conejos de tiempo y de espacio empecinados en quitarle el libro de las manos para darle otro, o para que tome su cuaderno y escriba, o para que no haga nada, para que se deja llevar por lo que le muestra el espejo negro, dejar que pase el tiempo, que se le escurra de las manos hacia la eternidad. Hará muy poco, nada de lo que se propuso, infamia contra la vida misma, contra sí mismo. Escuchará las voces del más allá que le dirán que deje de hacerse el imbécil, que deje de jugar a la inmortalidad, que si no sabe vivir pueden intercambiar de lugares, de este lado puedes hacer lo mismo, entregarse a la eternidad insípida y no al instante glorioso y efímero de la vida

Los de allá

Reconciliarme con los muertos, escribirles lo que ya no podrán leer. Decirles que los quiero tanto, dondequiera que no estén. Y ellos diciéndome en una lengua muerta que los deje ir, que ya no hay cabida para el arrepentimiento, que lo hecho, hecho está

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