Me paseaba descalzo, con la inquietud del que no salió del apartamento a pesar del calor pesado de la tarde, tumbado desde el mediodía, los libros amontonados en la mesita para el café, mirando al techo cuando abandonaba la lectura, sintiendo cómo la humedad de las paredes viejas se derramaba adentro de la pieza. Daba pasos desenfadados, las manos atrás, oyendo el crujir del parqué, buscando la pared por la cual se colaba la humedad, el moho que se abatía contra el respaldo del sillón como una telaraña porosa. Nada. Movía la cabeza de un lado a otro, aspirando el aire tibio con una mueca de asco en la cara. No me había afeitado, sentía los vellos de la barbilla rozarme los hombros.
Un puente
Dejar que vivas a la forma de tus deseos, la creatividad a cada paso, la renuente pasión que no te concede un momento de calma, desafiante, bella, con la fuerza de todas las mujeres que se alojan en ti: mujer caleidoscopio, otredad inasible. Yo, por mi parte, sembraré la tierra con lo que sea que pueda florecer. Nada dulce, eso es seguro, frutos ácidos por todas partes.
Simulacros
¿Se ha dado cita ahí y no el cementerio? ¿Ha perdido a un esposo, un amante? ¿Ha decidido hacer una parada en el lugar donde se conocieron antes de asistir al reciento del descanso eterno? Le interesa sobre todo el contraste, el vestido rojo como un coágulo de sangre sobre un fondo gris. ¿Hacia dónde mira la mujer? ¿En qué piensa? ¿Qué espera? No es una mujer joven, la edad se le adivina en las piernas, en el tipo de zapatos blancos y sin tacón, y en estilo del sombrero rosa con un moño de accesorio. Lleva un bolso que casi se confunde con el color del concreto.