De lo que nadie puede arrebatarme

He de salir airoso de los embates de la vida al saber que he cosechado, en las profundidades de mí mismo, memorias que nadie puede robarme. Nadie puede acceder —salvo la enfermedad del olvido— y quitarme lo que es sólo mío. No me pueden mutilar el pensamiento, tampoco intervenir lo vivido, tampoco todo lo que no he perdido porque ha pasado. ¿He salido entonces indemne de otro año? Mi cumpleaños me sabe agridulce, un andar sobre la tristeza con destellos en el horizonte. Me conformo, que es lo mismo que alegrarse, con lo que he conseguido. Si bien rozo la miseria, la he evadido. Como decía mi padre, hay que agradecer por tener un techo, una comida, trabajo y salud; sobre todo esta última, que sin salud no se puede hacer nada.

El impulso perdido

Acá, o aquí, se me dio la escritura, el tiempo para sentarme frente a la máquina de escribir, frente a la hoja en blanco y dejar andar el río de las ideas y los sentimientos. Día con día fui dando forma a mi diccionario personal, mi discurso como ningún otro. Dejé plasmado, para la eternidad o para lo que me dure la vida, los pensamientos atribulados de un día cualquiera. Escribía por amor, escuetas notas cada mañana que amanecíamos juntos, mínimos y diáfanos textos con el propósito de enamorar, de detener el tiempo. Eso era, la escritura era un intento por traducir con palabras lo que no tenía texto, lo indecible, lo inefable. Escribir es apropiarse de un fragmento mínimo del tiempo, la hora que dura este intempestivo ejercicio de escritura.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑