Han sido años difíciles, la delatan los movimientos nerviosos de las manos, esa ansiedad física ante los problemas presentes. Siente una nostalgia irreversible al comparar las edades, yo veintinueve y ella treinta y seis. Eres muy joven, me dice, y suelta un suspiro resignado. Es insegura, y como toda mujer con falta de autoestima no carece de la bondad como bandera, de un corazón maltratado pero que sigue dándose sin reparos
De lo que no se escribe
Vana es la búsqueda fuera, todo está dentro del escritor, el abismo vertiginoso, la gloria incandescente, la medianía resistente y disparatada. Es adentro donde la búsqueda debe tener lugar, perderse por estrechos laberintos, el espejo de recuerdos y lejanías, de amores y desencuentros. Todo está entreverado en el lento sentir del escritor, en su memoria maldita y azarosa, presa del deseo de guardarlo todo. Se trabaja con la inimaginable piedra de la memoria, con el cincel de tiempo, las manos dolorosas y la vista cansada. El oficio del escritor tiene como propósito la traducción abigarrada del alfabeto que compone una realidad difusa, no dada, intercambiable. Se tiene el regalo de la memoria, pero esta es egoísta cuando pretende guardarse en olvido los momentos más felices