Casi nunca sé sobre qué escribir. Las ideas llegan como cualquier pensamiento cuando no se hace nada. Mi mente —las más de las veces— carece de ideas, pero siempre existe un lenguaje dentro. Hay música —con letra o sin ella— que resuena y se repite durante horas hasta que otro pensamiento me invade por completo acallando el ruido en mi cabeza. Nunca se puede pensar demasiado, no hay tal límite. Se piensa siempre muy poco. La prueba es que uno busca que hacer con su tiempo libre para así dejar de pensar. Sentimos que el pensamiento constante puede deprimirnos, envolvernos en una vorágine de antipatía por uno mismo y por quienes nos rodean. Se cree que la carencia de pensamiento lleva a la sumisión, que ésta —al dejar que alguien más decida por nosotros— nos da la libertad de culpar a algo o alguien más sobre lo que nos pasa, o resignarnos por lo que uno no se considera responsable.
No sé qué más escribir. Lo que acabo de decir en unas cuantas líneas arriba me llegó de la nada, como si una voz ajena y lejana me lo dictara. No sé cómo continuar, y se vuelve una agonía. Cada día que comienza pienso en que debo escribir, que lo de ayer y los días precedentes no ha sido ni será suficiente. Pocas veces me siento con la energía necesaria, sólo pienso en dormir y embriagarme con mis propios sueños. Dormir me resulta reconfortante, soñar no cuesta mucho, no cuesta nada. Me gusta leer un buen libro, dejarlo a medias por tener la vista cansada, y entonces viajar a las tierras de Morfeo, dejar que así el tiempo pase sin que me dé cuenta. Dormir para no sentir que la vida pasa, para no sentir que el tiempo corre indolente por mis venas, que pasa dentro y fuera de mí mismo. Uno no puede saber cuándo el tiempo se acaba, tampoco cómo hemos pasado todo este tiempo. Uno es una mezcla de tiempo y de recuerdos, recuerdos conectados con el pasado que no deja de ser tiempo. El pasado nunca pasó. Recuerdos son subjetivos. Pongamos a dos personas en el mismo tiempo y espacio en que sucede algo memorable. Este acontecimiento puede quedarse guardado en ambas pero distará hasta el olvido de ser el mismo. La memoria está en permanente relación con el individuo y en cómo éste reacciona ante la realidad punzante. El pasado no pasa nunca por sí solo, se necesita de alguien que lo retenga como el recuerdo más puro y cercano a la realidad, como una construcción de la memoria individual.
Yo guardo mis recuerdos como objetos simbólicos con un valor indefinible. Cada recuerdo para mí tiene un significado, cada uno de ellos es lo que me hace ser quien soy. Hay un recuerdo en particular que ahora ha llegado con tu imagen, la misma ropa y el mismo peinado del día en que te conocí. Estaba pensando sobre qué escribir y ahora tengo que quiero contar, desde mi memoria, cómo fue para mí el día que te conocí.
Llegué a tu vida por intervención del azar, porque en toda esta historia el resultado lógico fue que me enamorara de ti sin darme cuenta. Todo empezó al final de clases, un día de septiembre que yo pensaba dormirlo en lugar de levantarme para ir a la universidad. Curioso que todo empezó al final de algo, porque la gran parte de los estudiantes salían, despejaban el auditorio como si tuviesen la intención de aumentar las posibilidades de que tú y yo nos cruzáramos. Todo nace a partir de una idea concreta o puede que a partir de un impulso. La eventualidad nos colocó en el mismo lugar a partir de ideas imprecisas, luego a partir de un impulso —y también por no tener una pluma conmigo— lo que llevo a que ese preciso día fuera tras de ti y comenzar una conversación improvisada contigo. En ese momento sólo tú y yo existíamos, nuestras palabras servían como pieza clave, el principio del puente que hoy hemos continuamos construyendo y reforzando.
Acordamos encontrarnos un día después, continuar la charla que por escrito se volvía interminable, dejar que nuestras voces les dieran vida a las palabras. Hablamos de libros, y qué felicidad me daba encontrar en ti el balance perfecto entre belleza e intelecto. Saber más de ti se volvería una adicción difícil de sobrellevar. Te volverías una mujer nueva con cada nuevo día, y yo gozaba del placer de volver a conocerte y enamorarme. Te volverías literatura, yo ya no podría concebir una realidad soportable sin ti, tampoco desear otra cosa que tu diáfana mirada. Ese día creamos un mundo a partir del primer beso, sin saber lo que el roce de unos labios profesa para el futuro.
Ahora me siento vacío, no logro escribir como de verdad quisiera. Intento relatar lo que me sucedió hace meses, pero lo que recuerdo no corresponde con lo que escribo. Falta riqueza en los detalles. Estoy narrando de una manera simplona lo que alguna vez viví. No logro encontrar la forma, me limito a contar lo que me venga a la memoria. Me siento lejos de la escritura, oficio fuera de mi alcance, futuro que todavía no me pertenece. El número de palabras va en aumento y quiero llegar al final de las mínimas requeridas para alejarme y volver a la lectura. Puede que me haga falta leer más y escribir menos. No quiero convertirme en el escritor del No, en un amanuense que se dedica sólo a la lectura. Quiero escribir todos los días sin que se vuelva una afrenta contra el hastío de mí mismo, contra la incapacidad de hacerlo como quisiera.
11/07/2017
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