Me lees, no me miras

Las palabras resuenan en tu mente con mi voz de antaño, perdida en algún lugar oscuro de los años juntos, de la memoria poética. Me lees, me escuchas y no respondes. No obstante, estás atenta, las palabras que pasan a través de tu mirada desde el lugar tan lejano en que me he convertido. No soy el fantasma, el fantasma eres tú y yo soy el lugar de las apariciones, el obsesionado con el pasado que no fue, la casualidad que me hizo encontrarte en la calle como te he encontrado en más de un poema. Aquí estás tú, en un cuaderno en blanco que me regalaste, libre de toda mácula porque fue tu regalo póstumo, después de que nuestra historia de amor se muriera. Te tengo en las primeras páginas de los libros de mi biblioteca, en Octavio Paz y en Vargas Llosa, libros también sin leer como el cuaderno sin escribir en el que también guardo tu foto, tus ojos diáfanos, tu frente amplia, tus labios reteniendo una sonrisa. Qué vida breve la de aquellos años amorosos, las ensoñaciones compartidas, las largas conversaciones de noche por teléfono. Un primer beso como ninguno, escrito por ti y por mí de principio a fin, el deseo en su cúspide, la necesidad de escribir nuestra historia de amor como la de los libros. No lo llevamos a cabo, la empresa resultó ser muy compleja y real, imposible de reducirla a palabras. El esbozo de nuestra historia, la que tu pretendías llevar a cabo como la mejor y más desbordante de pasión, se quedó en unas páginas arrancadas de un cuaderno que yo guardé como un tesoro distante, protegidas en los cajones del mueble donde guardaba mis libros. Me diste esas páginas como la mujer que entrega sus últimas esperanzas, su amor incondicional en ofrenda. Mira todo lo que significas para mí, el mensaje de que nuestra historia no se llevaría a cabo, que no sería escrita porque no tendría fin, porque no sobrepasaría más allá que el inicio, un final impreciso y adelantado. No pudimos vivir juntos como un día soñamos, la familia que íbamos a dar forma, tu apellido y el mío juntos. Lo escribías en el papel frágil de la incertidumbre, resonaba en tu mente como profecía. Y todo por mi culpa, por mi incapacidad de amar, de mi modelo salvaje de considerar la vida y el amor. Yo era un necio, un cínico que había leído a Camus y luego tomado muy en serio lo del existencialismo,  la vida no tiene sentido, es muy breve para comprometerse con personas y causas; más vale ser un don Juan en busca del amor que se renueva con una nueva mujer, buscar el amor como propósito de vida, como resistencia contra el absurdo y ve tú a saber si lo entendí bien porque era muy joven y muy ingenuo —quiero creer que he cambiado un punto—, pero me sirvió para vivir de manera leve, para no temer la llegada de la muerte, para rebelarme contra lo absurdo que resulta vivir. Difícil de entenderme, te quebrabas la cabeza tratando de descifrar los mecanismos de mi conciencia leyendo los mismos libros que yo había leído. Leíste a Camus, leíste a Kierkegaard, leíste a Kundera y dejaste de ser corta de miras en lo que concernía a mi carácter. Leíste los mismos libros para comprenderme, para saber jugar el juego de tu enemigo, para conocer mi leitmotiv, la forma en que me guiaba por el camino de la seducción para encontrarle un significado a la vida. Viniste a mí con todo mi repertorio aprendido de memoria, con la sabiduría que dan seis meses de soledad, tu por fin libertad como mujer sin mi sombra al acecho. Viniste con todos tus sueños en una maleta, con un cuaderno para dar cuenta de todo lo que un año fuera te haría vivir, sentir y pensar. En esa maleta me traías a mí, sueños compartidos, una vida juntos en Francia. Sin embargo era tarde, o quizás muy pronto, porque yo no tenía cabeza para el pasado, yo creía haber encontrado el amor aquí, en una mujer con apariencias de complacerme y que no duró más que un verano. Eras tú o era ella, y yo elegí el porvenir, no el dejo de pasado que traías contigo, una infelicidad acumulada, las cicatrices abiertas, el corazón todavía roto, aún frágil. En vano intentamos reagrupar los fragmentos de nuestros corazones rotos, el llanto de nueva cuenta, el por qué me hiciste tan infeliz con tanta felicidad, por qué el engaño, si supieras que no tenía más ganas de vivir, que lloraba día y noche desde que todo se terminó, que quería salir a caminar y cruzar la calle sin ver y así dejar que la muerte borrase todo el dolor que ardía dentro de mi pecho. Y llorabas, y yo no quería verte llorar, pero tampoco podía volver a quererte. Sé fuerte, te decía, eres capaz de muchas cosas, este tiempo sola te va a cambiar como me ha cambiado a mí, y tú rompías de nuevo en llanto, el dolor de todos esos meses dejado ir en el río de lágrimas sobre tus mejillas, el mar de lágrimas sobre mi almohada, la noche de dolor, de desconsuelo. Después del llanto venía un largo abrazo, los besos de consuelo, los últimos días de idilio amoroso que había que aprovechar. Sin embargo, el sexo nos dejaba más desgastados, nos hervían los celos, a ti los presentes y los del porvenir y a mí los del pasado. Me convertí entonces en la peor versión de mí mismo, un cínico, un sinvergüenza que interpretaba el papel de la víctima cuando él era el victimario, el manipulador, el único que importaba, el único que podía ser indultado cuando tú eras la única inocente, la que pagaba los platos rotos, la que perdonaba la infidelidad, la mujer abnegada con tal de salvar el amor, el regreso a los años antaño, a ese primer beso que hicimos poema de noche.

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