Una pasión ya sin nombre

Una pasión ya sin nombre, derrotada, gastada por las lágrimas, las ofensas, la respiración forzada porque el corazón lo pide, a poco de resquebrajarse. Me invade su imagen como nostalgia, su mirada fija en el atardecer, el reflejo rojizo sobre la arena infinita, el reventar de las olas con más fuerza, preparándose para la noche. Ella mira, el semblante sosegado, la cámara se apropia de su perfil, ella no despega la mirada del lento caer de la noche. ¿Qué habrá pasado esa noche, después de ese atardecer de playa, el sol yéndose por el horizonte? Debió venir la cena a la luz de las velas, una conversación ligera, sin la pesadumbre de antaño. Me escuece pensar que esa mirada al infinito tenía mi nombre, que yo pude ser el hombre de esa noche, ella tan diáfana y apasionada, su carácter de natural belleza, sus buenas formas. Me da rabia conmigo mismo pensar cuánto ella me quería, y que yo no haya sabido responder a ese querer. Me quería hasta la muerte. Después, vino otra vida y la no siempre sencilla indiferencia. Ese viaje a la playa pude haber sido nuestro, pero ya la suerte nos había negado el mismo espacio, el mismo tiempo. Fuimos el fruto de una agónica verdad, la reverberación de un andar distinto, no siempre consecuente. Es eso, fuimos y ya no somos.

No se conforma, me lee para darse cuenta de cuánto ya no me necesita. Me lee acaso con la intención de ver que quizás sufro, decir que ella tenía razón, que el tiempo no perdona. Esos mensajes son la prueba fehaciente de un fracaso, de mi vivir nostálgico, mi desbaratado olvido. Ella debe pensar que adolezco de la alegría que a ella la invade, del éxito cosechado, sin mi presencia cerca para amedrentar su paso solitario. Estar lejos ha sido como la muerte. Ella me ha enterrado en la tierra profunda del olvido. He muerto, las calles ya no tienen mi nombre, sus pasos ya no recorren el camino de antaño juntos. A ella no le importaba lo poco que tuviera, los fracasos acumulado al por mayor, mi desdén por lo que no me complacía. Ella entendía mi naturaleza solitaria, a pesar de la decepción, de mi negativa a dejar mi casa un domingo; ella insistía de todas formas en que nos viéramos, en que viniese con su familia. Ella me quería sin pormenores, me amaba con pasión descarnada, para toda la vida, hasta la dulce muerte. Me repito, me hundo el la insondable culpa, el daño que no se repara. Enviarte lo que escribo no sirve de nada, te molestarías conmigo, me pedirías, otra vez como un favor, que te dejase tranquila, que aceptara la muerte de tu yo pasada, ya no soy la que creías. Es una obsesión, la de volver a verte, escucharte. ¿Crees en las señales? ¿En el azaroso flujo de casualidades conectadas? Ese hilo que nos une, presente a pesar de la creencia insensata de haberlo cortado. No es entonces casualidad que me quites el sueño, que tu mirada fría como láminas de acero me congele la existencia. No es algo pasajero, es una señal, dirá mi yo esperanzado, el que juega con las casualidades como señales. Es porque has estado muy cerca, quizás no es más que una suposición, pero la única prueba me ha dado el desasosiego no pedido. Hace ya meses de ello —como si me leyeras— pero puede que hayas venido para quedarte, que estés muy cerca, y yo me hubiese dado cuenta como una señal punzante en mi corazón atormentado. En mi obsesión amenazadora debe haber un ápice de celos, ver que has llegado más lejos de lo que yo podría llegar. También has sido más feliz que yo. Por eso mis crisis de hace unos días, no tener nada seguro, partir con la cola entre las patas, como el perro negro de mi melancolía. Por eso repasaba los días del agónico amor, los días de pérdida, la desacostumbrada mujer llamándome de noche, cuando yo no tenía tiempo para una conversación desde el saludo desgastada, mínima, escuchar nuestras voces para saber si despertábamos algo. Tu presencia en el país se me devela como explicación para esta nostalgia escurridiza, para sentir otra vez la pérdida, sentir que te olvido, que borro todo el pasado juntos.

Mientras tanto te sigo escribiendo como un menesteroso, a la espera de unas palabras como monedas que me permitan llegar a mañana, no pasar tanta nostalgia, aliviarme unas horas. He pensado que tu respuesta, un diálogo tímido, puede ser la debacle, las reminiscencias de la agonía vivida, cargar de nuevo con la pena de nuestro tiempo juntos. Una palabra basta para dejar entreabierta la puerta de nuestra agonía, la lenta e inmanente rememoración de la alegría pero también del dolor. ¿Qué fue más? Una recuerdo de alegría no dejaría de pasar por el filtro de la traición, de las heridas, de las lágrimas y las ofensas. Esa debe ser tu idea, de una luminosidad que sana, que evita la caída en el abismo peligroso de lo ya vivido. Por eso huyes de mí, me lees desinteresada, como un descuido, como se lee un anuncio en la calle, como se escucha la voz que anuncia la estación del metro, o peor, no me lees, miras mi mensaje rápido, de soslayo, como se ignora a un menesteroso al que no se le quiere dar dinero, de soslayo porque su mirada esperanzada por una moneda da lástima, no caer en ese juego, porque se le volvería costumbre. Y entonces sigues con tu vida de mujer atribulada, no tengo tiempo para el pasado, para la nostalgia, por qué no me olvidas, por qué no me dejas en paz, ya me acuerdo muy poco de ti. Y yo fatigando la página con mis penas, el deseo de tenerte un día cerca, de rememorar tan solo los momentos mínimos de felicidad, sin detenernos en los muchos errores que yo cometí buscando el fracaso, ser el peor hombre, con ínfulas de indolencia.

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