Un mirar desolado

Certera es la náusea, propicio el hastío, la abnegada remanencia del ácido vómito: vomitar el mundo y sus cosas.

Otras veces había experimentado el mismo reflejo subrepticio cuando salía de sí mismo, dándose a los otros. Sentía crujir sus huesos al andar; sentía las pulsaciones aceleradas de hombre al borde del vacío recostado en una cama, y el ruido de sus pasos raspando el piso bajo el calor demencial de las seis de la tarde. Durante muchos días se resistió a cruzar el umbral de la puerta, se negó a salir de sí mismo, de esa guarida de paredes mortecinas. Pero después, cuando aprendió a descifrar los reflejos centellantes de su memoria, pensó que su yo no deseado, el invento de sí mismo, cruzaría el umbral cuando el paso de las manecillas del reloj atrasado de su destino dieran las siete menos diez. Fue una resolución incólume, sosegada, tomada en esa despeñada tarde de mayo, tres años atrás, en que se puso a desvariar sobre su vida y se dijo: «A este ritmo, la vejez terminará por postrarme a esta silla».

Desde ese día los ruidos fueron otros, remplazados por sus pasos de hombre desolado, desdeñoso del falso mundo.
Es improbable que a pesar de su decisión de no salir más de casa, cuando el día soleado no daba motivos para prolongar su encierro, no haya sentido esa ansia que le carcomía el alma por sorprenderse hablando con extraños como si se tratase de viejos conocidos. Pero para entonces ella, su compañera eminente y desinteresada, recibía la paulatina sensación de que todo era una farsa, que si bien él tenía el don no deseado de hacer amigos, era en realidad un invento, una estratagema para engañarse a sí mismo, para al día siguiente vestirse de hostilidad, de desprecio. A él le llegaban revelaciones de lluvia, de días más nublados, no de una fingida alegría con el pretexto de un día soleado. Se sentía maldito, y entonces oía otra vez la voz de Samantha, cuando tenía quince años, dándole lecciones costumbristas, tómame de la mano, camina de este lado de la acera, no soy tu prostituta; y oía su voz remota de niña vieja y veía su mirada cristalina ausente, sus labios apretados y un collar y una pulsera de plástico. Samantha le había enseñado a rescatar los sonidos de la tarde, las voces entre las angostas calles de barrios paupérrimos, pasadas y presentes, a partir de su voz de entrañable pureza. No olvidaría lo mucho de sorprendente y maravilloso que tenía la casa de Samantha entre dos terrenos baldíos, como una casita de juguete que hace poco había abandonado el techo de lámina por uno de concreto, donde ella y su madre vivían en un cuarto con ventana a la calle esperpéntica, rescoldo de una alegría antigua. Él la había visto entrar pero no salir; a veces pasaba frente a la verja de hierro, roído por el deseo de encontrase con ella por casualidad, y partiendo rápido antes de que su amor se confundiera con una incesante vigilancia.


Ensombrecido el rostro por una irremisible angustia, él hizo un sucinto gesto con la mano, volvió la mirada hacia donde estaba ella y dijo: «Ya no está».
Samantha estaba junto a la puerta, los brazos cruzados, agitada. Cuando oyó los golpes, desvió los ojos hacia la ventana y pareció poseída por una terebrante desesperación.
—¿Quién es a estas horas? —dijo.
Y él, impasible, otra vez, con la serenidad de quien está diciendo una frase madurada durante muchos años.
—Poco importa. Quienquiera que sea, a esta hora debe estar desesperado.
Samantha dio un medio giro, seguida fijamente por la mirada de él. La vio coger la vela encendida. La vio perderse en el pasillo. Sintió, desde la sala en penumbras y entre el rumor de las horas que la oscuridad hacía más intenso, sintió lo pasos de él, alejándose, arrastrando las suelas de los pies sobre el piso polvoroso de cemento. Luego oyó el gotear de la cera derretida, la vela apagada, y la nada reptante del mañana próximo.
Por un momento no escuchó nada más que voces agónicas y distantes. El discurso remoto e infeliz de Samantha, sentada sobre un tonel de lámina, rezando una plegaría menesterosa y arrepentida. Oyó el crujir oxidado de la puerta del patio, las pisadas conocidas y vio el rostro castigado por la espera. El hombre la examinó con una atención invasiva. Una mirada de deliberado cinismo. Ella desvió la mirada, desconcertada al principio; pero luego supo que tampoco esa mirada le era extranjera y que, a pesar de su escrutador y un tanto impertinente cinismo, había en ella mucho de la traviesa desenvoltura del hombre que conoció hace cinco años y que murió en un accidente trágico.


Antes de la medianoche la tormenta fustigó el calor del verano. Samantha había movido la silla hasta la ventana y permaneció silenciosa, inmóvil, espiando al hombre que miraba fijo hacia el portón oxidado, sin saber que ella preveía cada paso desde la impune oscuridad.
Sin moverse, bajo la lluvia, el hombre hablaba solo, desvariaba con el mismo acento, con el mismo tono de voz en que se suponía que él no habría podido oírla.
—Nada más recuerda que hace quince años que no nos vemos. Acuérdate del vocinglero de las calles, tu ansiedad perdida, mi mano aferrada a la tuya. —Y agarró la botella por el cuello y dio un trago sin respirar, con ansiedad mortificada.
Entonces, con el temor de que lo hubiesen escuchado, miró de nuevo al portón, luego a la ventana desde donde Samantha lo miraba oculta, partió fingiendo el sobresalto, sin inmutarse por la lluvia que la hacía pesada la ropa. Samantha sabía que no abandonaría su lugar frente a la ventana mientras afuera no escampara, y que en la oscuridad el hombre que estuvo afuera se había reducido de tal modo que no tenía nada de extraño que desde adentro él la estuviese mirando todo el tiempo que ella lo miraba a él.

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