No tengo ninguna certitud. Pocas motivaciones rondan mis energías para levantarme de la cama cada día con el despertador que me destroza los tímpanos. Siempre este oído tan frágil y preciso que me sirve para tocar casi cualquier melodía de oído. Un talento por el cual no se me paga. A nadie le interesaría en un currículo con un apartado de pequeños talentos. Aquí un empleado con oído absoluto y aquí otro con una increíble flexibilidad. ¿Con cuál nos quedamos? Pequeñas cosas sobre nosotros mismos que no importan a nadie. Cuánta incertitud sobre el futuro. Ya no sé a dónde me llevan mis pasos en esta vida de siempre lo mismo. Me siento un viejo pero soy un joven en comparación a los escritores que tanto admiro. Algunos de ellos los aprecio desde la muerte y a muchos otros los envidio desde mi escritorio de escritor primerizo. Porque es eso lo que soy, a esto he llegado, a ser un escritor de primeros pasos. Camino por la senda del oficio con pasos inseguros, tambaleantes. Camino en busca de una voz, de algo que diga que soy yo y nadie más cuando se me lea. Sin embargo también necesito ser otras voces, tener la habilidad de experimentar metamorfosis, de dejar de ser yo mismo y ser otro. Ser otros. Ser muchos. Muchas veces me pregunto cómo lo voy a lograr encerrado en casa y en mí mismo, con los libros como única compañía, sin tener que ir a robar algo de allá afuera. Una vida con pocas experiencias. Saber que hay escritores que no logran madurar su obra hasta pasados los cincuenta años me da esperanzas. Debe haber dos tipos de escritores, aquellos que son una revelación en su juventud y que con el tiempo sus historias decaen a tal punto de no ser tan buenas como su primer libro; hay otros que comienzan con libros medianamente buenos y que con los años dan un salto hacia otro nivel, al punto de ser galardonados por haber creado una obra sin precedentes. El primero un Mario Vargas Llosa y el segundo un Guillermo Arriaga. Ejemplos concretos e imprecisos para dar cuenta de que escritores como ellos los hay por miles. El tiempo les dará su mejor premio si son recordados de igual forma dentro de cincuenta años.
Qué puede nacer de mí, de mi vida pública, privada y secreta. Qué puedo extraer de mi mundo literario. Qué puedo obtener de esta soledad omnipresente que no me ha permitido conocer ningún compañero de oficio. Los escritores que no se encuentran en todas partes porque cuando no vivimos entre las sombras lo hacemos entre cuatro paredes. Unos temerosos del mundo que los rodea y otros ávidos por experimentar la vida al límite. Si no encuentro sobre qué escribir es porque estoy viviendo poco. A pesar de todas las vidas que me pueden otorgar los libros hace falta sentir con todo el cuerpo. Hace falta vivir con todos los sentidos. Acumular recuerdos con sus respectivas sensaciones. Hace tanto tiempo que no amo por primera vez. Al amor que se me ha vuelto un tabú constreñido a la fidelidad. Todo por no perder los cosechado, lo que la fachada de hombre fiel me ha otorgado. Demasiado riesgo, me digo. La dos últimas veces que estuve a punto del suspiro datan de hace meses. La que más despertó riesgo en mí fue aquella vez con A. Sentirla tan cerca despertó un yo inveterado. Me devolvió la pasión por el sexo. Un tornado de emociones concentradas en unos cuentos roces y suspiros profundos de su parte. Cuánto riesgo tomé aquella noche al confrontar su memoria con ese momento cuando ella no se acordaba de nada o prefería negarlo.
De nuevo los juegos de la memoria y yo tan malo para contar aquella historia. Quisiera convertirla en cuento pero me detiene el sentirme sin herramientas. Pocas ideas de sobre cómo podría terminar una historia así en la vida real y en la ficción. Hace una hora pensé en cómo sería contar mi historia con F. y A. Dos hermanas unidas por un mismo hombre. No. Mi historia con F. fue nula. Con A. hubo algo más profundo. F. y yo no llegamos a nada, ni a tomarnos de la mano. Juego de niños, y fuego lo que vino con A. años después.
Todo ser terminó, porque lo bueno no esta hecho para la eternidad. Como las historias la vida necesita de conflicto para sobrellevarse. La vida sin contratiempos se vuelve insoportable. Nadie quiere una vida estable por siempre. Necesitamos de los vericuetos que la vuelvan complicada, que nos obliguen a tomar decisiones. Nos hacen falta más recuerdos y muchos arrepentimientos. Todos tenemos algo que lamentar. No hay quien esté libre de nostalgia por lo que no puedo ser y lo tenía todo para poder serlo. Esa frase que te ha enviado hoy M. que decía: era mutuo y sin embargo no pudo ser. Es una tragedia que dos personas que se aman no puedan estar juntas como lo quisieran. Hay demasiado en juego. Uno apuesta su vida al comprometerse con alguien temporal o eternamente. Yo en aquel tiempo no podía liarme con ninguna mujer con promesas sabor a eternidad. Conocer a alguien no venía con la intención de matrimonio —y tampoco ahora— sin embargo, es lo que el amor busca. La idealización de la familia amorosa con uno o muchos hijos. Formar una familia para ya no estar tan solos. Amor hasta la muerte; fidelidad como máxima para que la familia no se bifurque.
Vivir para contarla. Utilizar la realidad a nuestro favor. Vivir como pretexto para poder seguir escribiendo. Ser un escritor móvil, con una obra que nos quepa en la mochila, y nada más. Saber escoger un solo libro para el viaje. Conformarnos con los que nos va contando el camino. Aquel francés en su caravana con todo el mobiliario pegado a lo muros, al techo, al piso y con un tigre de peluche como copiloto. El pez rojo en la pequeña pecera iba seguro pegado a la mesa multiusos; o la mujer que paseaba con su hijo minusválido en la camioneta, la única manera de salir del encierro en casa. Cuánta suerte tuvimos de encontrarnos con aquellas personas B. y yo. Aquella mujer en una playa en España que me dio un fuerte abrazo y un beso en la mejilla como si fuese una tía muy lejana que estaba muy feliz de verme. Sentir que uno tiene familia por todas partes.
23 de diciembre de 2020
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