Hace un año no me hubiese imaginado estar haciendo esto, escribió en un mensaje de texto de espaldas a su novio que tomaba una cerveza del refrigerador y se sentaba a la mesa frente a su ordenador. Es muy raro que pase mi tiempo frente al teléfono, casi nadie me escribe, acaso mis padres cada dos semanas o mis amigas. No me escribo con nadie más. El mayor problema es ocultar la sonrisa que me viene después de leerte, esa tonta sonrisa adolescente, ¡ay, hace tanto que no me sentía así! No tendría por qué tenerte celos, llevamos años juntos, afianzando la confianza. Cuántas ganas tengo de verte, no me había dado cuenta de cuánto me hacías falta. ¿Tú me ocultas? No, tan solo tengo que tomar mis precauciones, girar la pantalla del móvil, bloquearlo, pasar a otra cosa cuando ella pasa detrás mío. Puedo escribirte sin embargo cuando estoy frente a ella, como si de un mensaje descuidado se tratase, también ocultando la alegría no pedida que sobrevuela mi esperanza.
Ella no tiene nada que ocultar, le dirá con franqueza a su novio que se va a encontrar con él, hace mucho que no nos vemos, además el siguiente año ya no estaré en la ciudad, no es sencillo aceptar que los amigos ya no estarán cerca. Sigue con la conversación mientras su novio la mira de soslayo, pensando a quién escribe, por qué sonríe de esa manera. Él la conoce, cinco años de vida juntos no pasan en vano, se aprende a conocer las reacciones del otro, su forma de ocultar una mentira o fingir una verdad. Ya se le pasará, es cosa de unos días.
Ya se le pasará, le dice en el mensaje de texto, se va a acostumbrar, poco a poco, a mi solapada atención al móvil; me llega por temporadas, también me da por leer en el móvil, él lo sabe. Si un día la descubre no habrá como tal un conflicto, le dirá la verdad, es él, lo recuerdas, hace tiempo que no nos vemos. Antes así se escapaba, decía que quedaba con él en algún café o en algún bar, cuando en realidad quedaba consigo misma. Se daba cita con su soledad, cómo me hace falta un momento de silencio, separarme de la vida cotidiana que se vuelve pesadumbre. Así las cosas, nada del otro mundo, ¿sabes? Me considero una mujer libre, con todas las de ganar, y si quiero o siento deseos irremediables pues lo hago y listo, sin dar explicaciones a nadie. En el café, donde no ha quedado con nadie, lee un cuento corto, le ha encantado, luego lee otro que la deja consternada, con una idea hambrienta y no saciada, necesito pensar en otra cosa. Leyó Vecinos de Carver, y el final del cuento parece ausente, con la pregunta de qué puede o habría podido pasar. En su mente el hombre sigue apropiándose del apartamento de sus vecinos, se bebe su licor, se recuesta en su cama, acaricia a el gato, se viste con la ropa del marido, luego se viste con la ropa de la mujer; pero los zapatos no porque no le quedan. ¿Cuándo llegarán los vecinos? Él quisiera llevar esa vida, cambiarse el nombre como se cambia la ropa, dar de comer al gato no está mal, me gustan las paredes blancas. Ella no puede sacárselo de la cabeza, vaya enfermo. Y él en cambio lo ha leído con inusitado placer, lo ha vivido, una alegría malsana le ha cambiado el color al trasladarse a la piel del hombre que se viste con las ropas de sus vecinos, que siente la lencería de la mujer. Pero eso no le ha quitado el sueño, ha reconocido la grandeza de Carver para las miniaturas, una fuerza voraginosa de hiperbólica intensidad, ojalá yo fuese tan bueno para decir tanto y tan poco a la vez.
Ella ha dejado la mesa, recorrido los pocos pasos que separan el salón de la cocina, apura un vaso de agua, el móvil en el bolsillo, ni loca lo dejaría sobre la mesa para que él, con su inacostumbrada atención, leyera las notificaciones, algún corazón que represente un mínimo coqueteo, cuántos años tuvimos que pasar para llegar a esto.
Hora de acostarse, apaga el teléfono, y sigue sin sacarse de la cabeza la inquietud que sentía por el hombre de ser descubierto, estuvo a tan poco, sus vecinos pudieron haber llegado en cualquier momento. ¿Será que describe una parte de sí misma? A ella también le gusta merodear en las casa ajenas, descubrir objetos de clara intimidad, echárselos a la bolsa, robarse una parte del otro. Pero no lo hace, ella siente el miedo que el personaje quizás también sentía pero disimulaba. Su novio ha venido a acostarse, apaga también el teléfono y ella piensa me estará ocultado algo, cuánto cuidado, yo nunca reviso su móvil. Pero ahora la desconfianza la ha invadido, se sienta observada, juzgada por miradas ajenas, por el lado bueno de su conciencia. Se da la vuelta, le da la espalda, no tengo tiempo ni deseos de juicios moralistas, no he hecho nada malo. Pero ella sabe que la traición tiene un sabor dulce cuando se es el ejecutante y no la víctima, sabe que se deja llevar por un deseo desde hace años contenido, y que la mejor forma de librarse de esa espinita —como ella le dice— es rozándola, sangrar un poco por su culpa. Debo de pensar en otra cosa, no en él, tampoco en el vecino que se trasviste con la ropa de su vecina. Yo también me trasvisto, de engaño, de premeditada traición, pero a él no le importaría, escucha su respiración ya acompasada. Ella también se quedará dormida, el cuento se le borrará como el sentimiento de incómoda abstracción. Mañana seguirá la conversación, más lúcida, quizás más fría, pero cuántas ganas tengo de verlo, verlo para después ya no querer más que la soledad. Así le pasa, la soledad ya ha sido mucha este último año, y este hastío se cura con su leve presencia.
Hasta mañana, amor.
Ya duerme.
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