Sigo esperando

Larga canción de espera para esperar la llegada de la nada. De las cartas que no se enviaron porque nunca se escribieron; las palabras guardadas en un rincón de la mente que tomaron la decisión de no expresarse por la voz que ya no salía. Los abrazos que no se dieron porque no se encontró el momento preciso, y así los besos y los te amo que no tuvieron el coraje de ser dados y pronunciados. A veces por temor al rechazo, otras porque ya es muy tarde, porque se ha olvidado, se ha muerto la persona o el sentimiento. Sentir que ya no hay nada más que la música de fondo en una mañana fresca de primavera. El canto de los pájaros colándose por los auriculares a contratiempo con la música que me dirige por el camino rítmico de las palabras. La voz ha remplazado al piano, una voz que no dice palabras, solo notas. Sostenidos y bemoles, la pieza se vuelve dramática. Las aves han sellado su canto en un vuelo precipitado hacia ninguna parte. Tanta la espera y poco el cambio. Las crisis generales no nos aprenderán nada como individuos, seguiremos siendo los mismos egoístas, desinteresados, ausentes, sordos y mudos. Esclavos de las rutinas que nos hacen cada vez más complicado el acto de vivir. Larga canción de cuna que nunca se nos cantó de niños. Mamá nunca cantó para hacernos dormir. Era acaso el cansancio el que nos cantaba, y la pobreza la que nos mecía en sus brazos fuertes y desamparados. Se nos dio la desesperanza para dormir. La ilusión que siempre se nos perdería en el deseo de cambiar las cosas.

Lentitud, la vida comienza así, con lentos pasos hacía el futuro. Incapaces de valernos por nosotros mismos durante años. Dependientes incluso llegada la edad adulta. Acostumbrados a necesitar del padre y la madre. La manera de evadir la soledad, de huir de las tinieblas hasta una luz que siempre se aleja. Vida o muerte en un respiro. Ser y tiempo, ser vivo, ser enamorado, ser amor, ser rechazo y ser amado. Y ser vivo por un tiempo finito, enamorado hasta que la ilusión se nos pase, ser amor hasta que el corazón no se haya roto, ser rechazado o rechazo cuando creemos que el amor sigue existiendo, ser amado hasta la muerte si tenemos suerte. Amado hasta que el tiempo y no la muerte nos separe, o amado hasta que un nuevo amor haga su súbita aparición.

Frio que atraviesa la piel en un día más cálido en comparación a los que el invierno nos ofrecía hace meses. Siempre el frio en los pies y en las manos. La indecisión. El lamento. El llanto apagado por el tiempo que nos ha difuminado el dibujo antes claro y preciso del dolor. No voy a poder recuperarla. No importa que viajes y la busques, que intentes ser otro para que no se dé cuenta de que sufres porque la ruptura es inminente. Una conversación como pocas en un día soleado de Ámsterdam. El ruego honesto de pasar una temporada más juntos que no tuvo respuesta. Las voces del pasado ignoradas. La lástima que provoca un ser que lo ha perdido todo. Las lágrimas que van a guardarse para el regreso, para cuando ella ya no esté y todo el entorno nos recuerde a ella. Porque seguiremos recorriendo las mismas calles, las mismas plazas y la misma catedral en la colina que ahora se ve lejos desde mi ventana. Esa colina que representa el génesis de un amor que se creía eterno y que terminó aniquilado por la distancia y luego por el tiempo; y saber que el camino a la catedral se transfiguró en el pasadizo al beso y a la pasión. Los pasos que me siguieron hasta mi cuarto en la residencia y los besos que ahí se multiplicaron. Las ropas que se desvanecieron, cuerpos que se veían desnudos por vez primera antes de conocerse y el futuro que nos inventamos, que nos escribimos en un solo encuentro y en una sola noche. Las fotos que dejaron prueba de que el amor nos hizo en un día. Y un día siguió al otro, y con el paso de las noches juntos el día nos hacía extrañarnos. El anhelo de tenerla cerca para no sentir que la perdía, como si el día siguiente representara el despertar del sueño. Y sí, era una sueño bien elaborado, casi real y eterno. El amor que no se pudo eternizar con la vida juntos o con la muerte que nos lo arrebata. Al menos aprendimos, hicimos que nuestros cuerpos llegaran a ser uno, un solo ser que fue separado por los dioses como castigo. Éramos felices y no nos dábamos cuenta. Las almas que sí lograron abrazarse y que ya no se pudieron separar sin perder una parte de sí misma. Rompecabezas incompleto. Fue el alma la que se rompió y dejó esta vez al corazón intacto. El alma que tanto se dio y tanto intento salir del cuerpo para habitar en el otro.

Y he venido ella porque la música toca fibras sensibles en mí. Se me cuela por los oídos hacia las venas, y cuando llega al corazón el alma la escucha y la recuerda, la trae de vuelta y la veo sonreír y caminar por la habitación. Su fantasma que todavía me recorre pero que he sabido evitar su constante aparición. Por eso el silencio, la ausencia de la música que pueda invocarla. Cuando todo terminó me dije que ya no me enamoraría de la misma forma, y estoy seguro de ello, porque el amor no nos llega siempre igual, y es la persona y el instante lo que hace que el amor se integre en una vida que parecía gris hasta entonces. Amor incomparable, ni más ni menos intenso, sino distinto, y siempre lo vamos a echar de menos. Nostalgia del amor que no se siente de la misma forma. Nada llega. La carta que llegó tarde no tuvo respuesta. Sigo esperando. Inútil espera.

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