Un puente

Fiel a mis obsesiones, a mi nostalgia imperecedera y me alevoso ánimo de construir el presente con los ladrillos rotos de un pasado huidizo, le he escrito a D. una carta en repuesta a la única que tengo escrita de su mano. Me empeñé en hablar con los muertos en una lengua muerta, una mujer que ya no existe, pero que pervive en la memoria —solo ahí— de un hombre necio, anclado al recuerdo de lo que fue brillante y que ahora se oxida, negro sin poder reflejar la luz de mi tentativa memorial. He hablado a oídos sordos, de antemano lo sabía. He rompido con ese silencio sepulcral por puro egoísmo, el traer de vuelta a la mujer de mí enamorada, conmoverla hasta la nostalgia, hacer sonar mi yo pasado en la mujer del presente. Me habrá leído, luego tomado por loco, pero qué es lo que busca. Yo debería entender sus silencios cada vez más prologados, sus palabras que ya no dicen nada, su acostumbrada nostalgia nocturna que se desvanece con el alba. Algo le falta, lo que tenía al inicio del día ya no le basta, se agota durante la noche, el amor presente no le basta. Así que busca en el cajón de sus recuerdos, mete la manos hasta el fondo y saca cinco años de ausencia, los libros que nos marcaron, las noches juntos, separados, ella sobre el escenario consciente de que yo la veía sin dejar de tomar notas de lo que sentía al verla e imaginarla detrás de bambalinas. Yo rompí la promesa, regreso en un año, no regresar, agrandar la pérdida, ¿ahora qué hago? Se habrá dicho D., vivir sin él, como haga falta. Caminos distintos íbamos a tomar. Ella dejaría la carrera, se daría por completo a la danza, yo me hubiese quedado en el mismo lugar, viéndola partir y sintiendo su ausencia. Pero yo me fui primero, la remplacé por otro amor, no la traía al recuerdo porque creía haber alcanzado el cenit de la pasión, lo que con ella se quedó pausado, amor sin cuerpo, en esencia, en almas que no alcanzan a tocarse. Nunca nos dimos a la danza de los cuerpos, a la desnudez sin tapujos, la entrada en la pasión que dos cuerpos son capaces de desbordar. Nunca fue mía, fue pronto de otro, el natural sendero al que nos conduce la vida, los amores venideros, casi predestinados. Yo no era para ella, no ayer, no ahora. Para qué aferrarse, para qué… pero me aferro, no corto el hilo que nos une, sigue aunado al marco de mi ventana junto con un cascabel, atento por si ella lo toma tímida o expectante del otro lado. No suena, hace mucho tiempo que permanece así, ausente. Yo lo miro, creo ver un leve movimiento, pero ha sido el viento, el aire tibio casi primaveral, la esperanza que me engaña. Y luego la carta, ésta última, eso es lo que me digo cuando estoy molesto, pero luego vuelve y no puedo reprocharle el silencio, no cuando fui yo el que se fue cuando ella estaba atenta a mi regreso. Vuelvo a la carga, a no dejar que todo se desmorone, rehacer los cimientos con la sustancia espesa de los recuerdos, los suspiros y los te quiero.

Mi reciente réplica puede que no le traiga sino la nada, un poco de rubor por lo que ella me escribió un día enamorada; o puede que le traiga un sabor amargo, un reproche, por qué te fuiste, por qué no regresaste… ya no he sido tan feliz, tanto que no me daba cuenta. ¿Pero ella? Puede, contra toda resistencia a creerlo, que D. haya encontrado lo que tanto anhelaba, el regreso de un sentir parecido junto a alguien con quien comparte una pasión en cuerpo y alma. He perdido tu voz, tus palabras ahora reducidas a casi monosílabos. He perdido tu poesía, el andar de tu cuerpo, tus manos frías, tu piel ardiente, tus besos palpitantes de mundos nuevos. Ya no creamos, ya no bailamos, ya no media entre nosotros la literatura. Cumplo quizás con tu creencia en mí, escritor en ciernes que, desde hace menos de dos años, se confirma. Escritor todavía primerizo, sin la experiencia que dan los años de escritura continua, de todos los días. Si supieras que me tomó mucho tiempo darme a la escritura como lo hago ahora, páginas y páginas que no dicen nada, mi obra destinada a la nada, siempre inédita, quizás editada post mortem, cuando tu la leas y no permitas que se ahogue en un lago profundo de incertidumbre, ese lugar en donde ahora creo sentirme, inundado de miedo por la crítica, el adjetivo de malo que se le pudiese dar a mi escueta obra predestinada al fracaso.

Cinco años es todavía reciente, no es mucho para sembrar de olvido la tierra de nuestro pasado en conjunto. El doble de años, aunado al silencio y la distancia, además de lo que llegue a nuestras vidas para darle forma y significado, nos borrarán de una vez por todas. Ya empieza a tomar forma nuestro monumento al olvido, la deconstrucción de nuestro amor un día palpitante. Yo ya siento cómo la rabia escinde mi amor por ti. Culpo al silencio, a esta sensación de hablar solo, de la locura a la muerte, la voces que se ahogan, la imagen de los dos corroída por el tiempo. No creo poder sostener solo el puente que nos une, no sin del otro lado no te encuentras tú, testaruda hasta lo absurdo, esperando por el momento preciso para cruzar, para encontrarnos a mitad del camino. Me receto indiferencia, dejar que vivas a la forma de tus deseos, la creatividad a cada paso, la renuente pasión que no te concede un momento de calma; desafiante, bella, con la fuerza de todas las mujeres que se alojan en ti: mujer caleidoscopio, otredad inasible. Yo, por mi parte, sembraré la tierra con lo que sea que pueda florecer. Nada dulce, eso es seguro, frutos ácidos por todas partes. 

Marzo 2021

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.

Subir ↑