¿Cuántos días? No tenía la fecha anotada en la memoria, la tenía escrita en la última carta. Se había dicho que esa iba a ser su despedida, que si no recibía una respuesta la carta sería las tijeras que cortasen el hilo. Sin embargo, contra toda desesperanza, el mensaje allá nocturno le llegó aquí con el amanecer resplandeciente, los rayos diáfanos del sol diciéndole despierta. Así era siempre, la respuesta llegaba inopinada, unos minutos robados a la noche antes de dormir. En pocas líneas decía que había leído todo con una mezcla de encanto y extrañeza: ¡Me encantó! ¿Cómo puede ser posible? Leí absolutamente todo. Pocas líneas más de la más pura poesía que decían me gusta saber que estamos, ha sido muy extraño. Pero también me parece lindo. Ha pasado tanto tiempo y tú y yo seguimos con la presencia no fija. Halo de esperanza, mi alegría desde muy temprano. Le dije que me gustaban sus sentimientos encontrados. Lo de lindo me pareció superfluo, cliché.
El tiempo en realidad no ha pasado, lo que sí ha pasado es la ausencia entre los dos, el aliento sostenido, el seguimiento ilusionado de dos vidas que se separan. Para ella es lindo porque lo nuestro se quedó en el terreno de lo casto, la pureza de un amor de niños ilusionados. Éramos ya mayores pero adolescentes, el comienzo de la vida amorosa, de la vida lúdica de los sentidos. Suspiros como reminiscencias de una amor abocado a lo perpetuo, sempiterno sentimiento de dos enamorados ausentes. D. vuelve. Le tomó tiempo, mensajes huidizos porque debe cuidar la vida presente. La imagino escribiendo en un cuarto aparte, borrando cada noche la conversación, leyendo mis mensajes, mi última carta, en la tranquila soledad de una tarde libre. Yo le escribo a plena luz, sin necesidad de ocultarme entre las sombras del fingimiento, conservando mi vida pasada en mi vida presente. La vida de D. se me antoja un simulacro, un hasta donde se posible, hasta que ya no pueda más de tanto que echa en falta y que no sabe con certeza qué es. ¿Vive enamorada? Sí, vive enamorada pero de un amor volátil. Acostumbrada al vaivén de la saudade, se entrega tímida a otras pasiones. ¿Soy yo uno más o uno menos? Esto sobrevive gracias a la distancia, nuestra ilusión de amor está hecha de lejanía, de no presencias. Si no hubiese una océano que nos separara, solo nos quedarían dos vías: la inminente separación o el reclamo de un amor insondable. De lejos sostenemos ilusiones, guardamos la esperanza en los recuerdos que todavía no se desvanecen. Todas mis cartas flotan dentro de infinitas botellas sobre un calmo mar. No hay tempestad una o que acorte todo lazo. Infatigables enamorados del recuerdo, la idea fija en el porvenir de que todo puede cambiar mañana, los años que pasan nos unen más que separarnos, la distancia es nula cuando dos almas anhelan el reencuentro. Es una mañana fría, D., un día que te encantaría comenzar temprano para respirar el aire frío, los rayos de luz de tibieza contrastante. Imagino que me obligarías con dulzura a caminarlo juntos, recorrer la ciudad de la única manera en que dos se aman.
Pero ahora tú duermes, todo esto son ensoñaciones mías, fruto de tus palabras fugaces pero suficientes para reavivar la pasión necia. No quiero ser cenizas, D., no quisiera que la ficción que estamos escribiendo se revuelva en la mezcla ingrata del olvido. Una ficción inédita, impublicable, mortuoria. Lo nuestro como una historia que exige ser contada, llevada a término. Por eso vive entre nosotros, porque la pausa ha sido la substancia en que se ha conservado el amor. Por eso me niego a llenar el cuaderno que me regalaste, tu recuerdo más presente en esta casa que lleno de libros para enmendar tu ausencia. Libros por todas partes con el único motivo de redibujar tu rostro. Con una mano dibujo tu boca, mujer de las mil caras, molde del que todo personaje femenino está construido. El espacio, como tú lo has experimentado, no nos es imprescindible. Somos el efecto inmejorable de la mucha ausencia. No hay espacio necesario para querernos. Para ambos, lo único primordial es el tiempo que no se nos ha dado cerca, en el mismo plano físico. Nos queremos sin espacio, y nos amamos con mucho tiempo. Cosa curiosa tener el tiempo como aliado cuando a la vez experimentamos su falta. El tiempo, como representación móvil de la eternidad, sigue su curso, deja su marca sobre nosotros. ¿Y qué nos queda? El tiempo siempre presente del recuerdo, la reminiscencia de lo que comenzamos a escribir y dejamos en un adiós con puntos suspensivos; un movimiento sostenido, una nota musical que todavía resuena y que espera que la partitura continúe. La espera es entonces un largo segundo, la experiencia de lo inamovible, de lo que está siempre a muy poco de continuar. Lo nuestro es una casa de paredes inmemoriales, una única puerta entreabierta y una rendija que poco deja ver lo que se acerca. Adolecemos del presente del futuro, ese presente abocado en nuestros miedos, esperanzas y ensoñaciones. Lo nuestro se construye de una idea pasada que seguimos rememorando, el presente de la memoria, del recuerdo de soslayo, distraído, pero con un peso feliz de insoportable. Tenemos tanto pasado, tan poco presente y tanto engañoso porvenir. ¿Depende de nosotros? Fácil es dejarse llevar por las olas del mañana, la idea de que todo sabrá encontrar su cauce, que el camino equivocado nos lleva quizás al lugar correcto. Yo he optado por la resistencia. No me he quedado varado, me que quedado por voluntad propia en la encrucijada. Me dedico a la contemplación malsana del voyerista que observa a los demás caminantes seguros de la senda elegida. Yo espero la señal que no llega. Espero a que tú pases enfrente mío y, sin que me veas, seguirte a distancia, encontrarme contigo por falsa casualidad, el plan de toda una vida que siempre quiso ser y que se había resistido.
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