La tentativa inútil de recuperar el tiempo perdido, tan absurda como la vida misma. Me han mostrado fotos en las que aparezco pero que no recuerdo el haber estado. Como si la cámara me hubiese tomado desprevenido para esquivar mi recalcitrante repudio a los reflectores. Quizás, inconsciente pienso que ese aparato me roba el alma o que mejor no es tener ningún artefacto para la nostalgia. Lo que lamento es el olvido como señal de que aquel yo de menos edad no es el que ahora escribe. Me identifico más con el niño sin conciencia, ausente, con muy pocos recuerdos que con el adolescente que vivía una farsa. No tengo ninguna prueba escrita —porque lo escrito es lo único que tiene valor— de que viví aquellos años. Hay, existe tan solo la imagen que me interpela, y me digo que cómo han pasado los años, que mi rostro ya no es el mismo, que he envejecido como envejecen mis padres. Esas fotos son al menos pruebas de que existí, aunque sin consciencia de haber existido. Sin tan solo tuviera un diario de aquellos años en los que el carácter del hombre que escribe esto se formaba. No he leído mucho, ni en aquel tiempo ni ahora. Quién iba a decirme que me iba a tomar tantos años descubrir con fruición a Borges y a Chesterton. Más de trece años de lecturas, de memoria lectora, de camino por las letras, para entregarme al gozo de otros libros. Apenas tengo constancia de los libros leídos en aquellos años, libros en los que escribía en la última página la fecha en que lo terminé de leer, todo esto como ritual para después guardarlo y no releerlo. Soy también como Borges, no recuerdo fechas, recuerdo momentos y estos vienen sin el día ni el año. Al rememorarlos se vuelven presente, bien a pesar de que están construidos con la substancia del pasado. No puedo confesar que he vivido, ahora tengo menos fotos y tan solo un año tardío de escritura diaria. Si quiero regresar a lo que pensaba un día del año pasado puedo hacerlo tomando uno de mis cuadernos, mismos que no he corregido, pasado en limpio, guardado para que el fuego o el tiempo no los consuma.
B. se ha vuelto mi esclava, no por odiarme sino por sentir algo parecido al amor, una atracción que se encuentra justificada en nuestro efímero encuentro hace más de quince años. Acepto que ha sido mi culpa, porque mi memoria es caprichosa, porque se empeña en revivir lo pasado, lo que parece ya no tener vida, y se ha aprovechado de la leve infelicidad en la vida de B. para conquistarla como anacronía. Ahora ella me trae en su pensamiento y sufre porque, según ella, yo no la llevo en el mío. No lo sabe, pero ella está presente aunque no dé muestras de ello. No quiero que nuestra charla se vuelva un remedo de nuestros recuerdos, un solo llamado a la nostalgia, al tiempo perdido y a la esperanza de un reencuentro. No soy capaz de hacerle una sola promesa. No tengo ninguna certitud. Quizás mi amor por ella siga presente como recuerdo, como forma de recuperar los años que se nos fueron o los instantes que no pudimos vivir cuando éramos adolescentes. La distancia es, ahora mismo, la más grande de las dificultades. Yo no he soñado con este momento, su recuerdo es más certero que lo que se puede alojar en mi subconsciente. Sueño lo que no puedo tener, lo que nunca ha sucedido. Como aquellas tantas mujeres a las que he idealizado, con las que me he inventado una historia de amor fortuito. Ese amor que nunca será correspondido más que en mis ensoñaciones cancinas. Amo y señor de mis mentiras, de la falsa pero muy mía interpretación de la realidad me rodea y que me recorre. No podré ser feliz en ninguna otra parte, no sin mis libros, sin mis cuadernos, sin una máquina de escribir.
23 de diciembre 2020
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