Andar por la vida acumulando soledades

Andar por la vida acumulando soledades no significa no querer a nadie, reafirmar mi pasado misántropo, ser el hombre solitario que un día quise ser. Querer estar solo, hoy, significa estar excedido de la voz propia, que finge, y las ajenas. Culpa del oficio que obliga a la simpatía, al saludo cordial, la actitud servicial y otras veces conciliadora. Digo que mi fin de semana ha sido de tregua, el lugar al que quería llegar desde el principio de semana con la intención de no salir de él. Quedarme en casa, encontrar refugio, confinarme, evitar a la otredad pasajera: evitar el mundo y sus cosas. Conformarme con el ruido que entra por la ventana, el espectáculo de árboles que son tocados como instrumentos por el viento. Mi intención es encontrarme con la mitad perdida de mí mismo, porque durante la semana soy un ser demediado, incompleto, con una sola careta. Realizo mi trabajo diligente, sin queja y sin excusas. No me lamento del cansancio, del poco tiempo que tuve para darme a la literatura, para infligir otra herida a mi espíritu letraherido. Desangrarme poco a poco de letras, ver cómo gotean las palabras y cómo mis cicatrices son la evidencia de que he leído y escrito. Yo digo que hago esto por placer, porque las multitudes me abruman, porque ya digo mucho durante la semana y lo que necesito, entre sábado y domingo, es un resignado y feliz mutismo.

No obstante no son pocas las veces en que me contradigo, que traiciono a mi yo solitario en la busca del otro, de quien sea, con tal de agregar una voz a mi silencio de hombre resignado. Busco la compañía de quien sé que al poco tiempo me repelerá. Lo busco sin saber por qué, o acaso sí lo sé: porque mi soledad me traiciona, se esfuma el placer que siento al estar conmigo mismo y quiero ampliar mi realidad con otras voces ajenas a la mía. Y luego esas voces vienen a pedirme tiempo. Dar tiempo a quien no puedo dárselo. El tiempo que es tan mío y escaso. Sé que ese reclamo de mujer amorosa, de espero que podamos hablar cuando regreses, unos minutos nada más es lo que me repele, lo que le quita el encanto a la mujer que podría tener toda mi atención si no me pidiese nada. Es M. quien ha perdido el brillo, quien ha provocado mi hastío, y de quien no puedo escribir desde el yo enamorado porque no me dice nada desde la palabra. Me escribe pero yo la encuentro tambaleante, una escritura torpe, de quien cree que no necesita leer para escribir. Además no sabe que nada funciona por encargo, que las fechas límites, como las tareas que tenía de joven, me saben a obligación y que yo no hago nada que no sea por placer. ¿Cómo llegamos a vislumbrar un segundo encuentro tan adelantado? Yo quería dejar que el tiempo pasase. Quería no conocerla, imaginarla, idealizarla hasta la segunda y acaso tardía vez. Quería dejar que siguiese su propia senda, que no involucrase todavía sentimientos a lo que era un tan puro, inmaculado placer. Quería que fuese un encuentro fortuito, de dos que se atraen y que, obligados por la circunstancia, volver a su vida de antes, no como si nada hubiese pasado sino alegres por lo que pudo darse, por aquello que no estaba inscrito en ninguna posibilidad. Saberse satisfechos porque tan solo se pierde aquello que nunca se ha tenido.

M. es para mí muy joven, con una energía desmedida y una volición, acaso por su corta edad, desesperada. Quisiera que fuera silencio, que no le importase la ausencia de mi voz y la suya. Que dejase pasar el tiempo. No sé si estoy listo para recibirla por una segunda vez, ahora con las imposiciones de una relación afectiva. No podré ser esquivo, buscarla tan sólo cuando me lo permita la cortesía. Me preguntaba cuáles serían los planes juntos, y yo no podía decirle franco que ninguno, que si el sexo se abría paso ya sería mucho, pero que yo tenía que cumplir con mis horarios de trabajo como la primera vez que llegó a casa. ¿De dónde nace esta ansía de soledad, de aislamiento, de no dejar que nadie ingrese en mi círculo, que nadie invada este espacio tan mío y tan aparte? Vendrá M. impositiva, nuestra relación, que nunca debió ser, ya fracturada por mi hiriente silencio. ¿Qué le voy a decir? ¿Tomará mañana el vuelo incluso si no recibe ningún mensaje mío que le confirme la bienvenida? Sabrá por adelantado que nuestro incipiente amor, idílico, es de puertas cerradas. No habrá muestras de afección en las calles que me conocen, no podrá asumirse como mi pareja en parajes con miradas delatoras. Creo que entiende que lo nuestro, tal y como nació, es de fingimiento, de ocultaciones. ¿Vendrá, incluso al no sentirse bienvenida? Imagino ya que mañana toma el vuelo pese a mi silencio, que llegará a la ciudad y que me hará señas de ya estoy aquí y que entonces yo me veré obligado a responder, a abrirle las puertas de mi casa, de mi intimidad para que sea pasee por mi guarida de paredes mortecinas. Le diré que no tengo nada que darle, que no hay nada que pueda leerle, que no podré escribir ninguna dedicatoria en ningún libro. Qué malagradecido, me dirá, y no le faltará razón porque ella ha puesto mucho cariño y mucho de su tiempo en mí. M. me ha dado todo su tiempo, ha pensado en mí como nadie, me quiere hacer parte de su vida cuando yo no quiero que ella irrumpa en la mía. ¿Y las veces juntos? No quiero que me acuse de frivolidad, que su despecho la lleve a pensar que me aproveché de ella, de la situación. No quiero que me piense así, pues lo que pasó entre nosotros no se debe a la patanería, fue un acto de amor, tan puro como el instante. ¿Y si lo ve como algo malsano? No puedo negar que me trajo ecos de mi primer amor, que llegué a pensar que acostarme con ella era una forma de venganza contra el ayer. Hacer el amor con M. fue, en cierta forma, hacerlo con A.

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.

Subir ↑