Leer Bartleby, el escribiente me ha herido de desasosiego. Un hueco grande se ha instalado en mi pecho, abriéndose paso hasta el corazón. Bartleby como alegoría de la indecisión: no saber qué hacer, pero tener certeza de lo que no se quiere hacer. Un desinterés categórico por lo que la vida ofrece, acompañado de una aceptación tranquila. “Preferiría no hacerlo”, dice Bartleby cada vez que se le ordena algo fuera —o incluso dentro— de su labor de amanuense. Lo dice con tal parsimonia, con una suavidad imposible de violentar. Su carácter grácil lo lleva a abstraerse en su oficio sin que nada pueda arrancarlo de él.
Todo se revela al final del relato: Bartleby muere porque ha preferido no aceptar la comida que se le ofrece. Había sufrido la peor de las tragedias, despedido de su antiguo empleo en la Oficina de cartas muertas. Cartas sin destinatario. Palabras nunca entregadas.
Dan deseos de ser como él.
Bartleby comprendió que el secreto de la vida estaba en decir NO. En rehusarse a hacer lo que los otros esperan. Ser libre en la negativa. Saber que se desea algo, pero ignorar qué, y aun así negarse a lo que el mundo propone. Por ahora, me gustaría mirar por la ventana en silencio, nada más. Decir que no hasta que esa negativa nos conduzca a la muerte. Dueños al fin de nosotros mismos. Si se nos hubiera preguntado si queríamos nacer, tal vez habríamos dicho que preferiríamos no hacerlo. No nacer para vivir una vida que solo nos regresa al punto de partida.
Una negativa no nos conduce a ningún sitio, pero nos protege del riesgo. Uno puede entregarse al placentero oficio de la nada: perder la vista en un punto fijo, en una pared en blanco, en una mente que ya no habla. Preferiría no hacerlo. No hablar. No escuchar. No levantarme temprano, ni tarde. Bartleby, digno representante de los cínicos, pero sin el cinismo estridente de los discípulos de Diógenes. El NO nos lleva a lo que verdaderamente queremos.
Preferiría no trabajar para poder leer todo el día. Y si no leo, preferiría dormir cuando se me antoje. Decir que no a las invitaciones de los pocos amigos que tengo. Y si no hay otra opción, no hablar de nada que no me interese. El no como rebeldía, pero también como resignación.
Así pasaron años de mi adolescencia y no pocos de mi adultez, diciendo que no a lo que no me provocaba placer. Me dediqué solo a la música, a los libros y a escribir nada o muy poco porque aún no sabía que un día querría ser escritor. El NO que impulsa al movimiento. He dicho no a una vida en México, no a vivir cerca de mi familia —quienes me conocen a través de una imagen que ya no soy yo, aunque para ellos siga siendo la más real.
Bartleby se negó incluso a escribir, su único oficio. Renunció a él para contemplar cualquier cosa a través de la ventana. Se le pedía que se marchara, pero prefería quedarse. Y en esa permanencia decía su más profundo deseo. Una decisión incomprensible para los demás, porque no tenía un lugar que le perteneciera. Quería hacer lo que no preferiría hacer, aquí, en este no-lugar.
¿Era tan difícil de aceptar?
Se nos obliga a elegir un camino, a no quedarnos en la encrucijada. Incluso cuando creemos decidir, ya han elegido por nosotros. Se nos exige trabajar a cambio de dinero, como si fuera lo más natural: vender nuestra fuerza, nuestro tiempo, por una miseria. Hoy, a modo de broma en el trabajo, dije que no éramos mejores que las putas, solo que cobramos peor. Nuestro trabajo no es esclavitud moderna, es prostitución. Somos meretrices del sistema. El trabajo voluntario, por contraste, tendría más dignidad: se hace sin paga, por el placer de ayudar, de contribuir, a veces por lo necesario.
Preferiría no hacerlo. No vivir atado al trabajo. No quedarme en ese lugar de por vida, dejando ahí mis mejores años. Ya no me lo tomo tan en serio. La literatura me ha dado otro camino, me ha llevado a otra encrucijada. Sé que quiero ser escritor. No sé cómo lograrlo. Pero tengo claro todo lo que no quiero. Y a eso, respondería como Bartleby: preferiría no hacerlo.
La negación como camino a la libertad.
Bartleby, al final, se liberó de las cadenas de la vida. Decir no a comer fue su último acto. Una forma de suicidio pasivo. Negarse a respirar sería imposible, pero preferiría no tener que suicidarse activamente. Negarse bastaba.
Hoy he vuelto a ver a Caina. Apenas la reconozco. Ella fue la primera que dijo NO, y yo lo acepté sin reproches. Haberle dicho sí nos habría conducido al caos. Unirnos quizá habría significado perderlo todo, incluso a nosotros mismos.
Noche calurosa, más que en México. Un calor que sofoca, que baña el cuerpo en sudor y no deja dormir. Noche difícil. Preferir no levantarse tarde, para así poder levantarse temprano.
Lyon, 2020
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