El viento sopla, respira, inhala, exhala; trae algo consigo, sin certezas: un recuerdo quizás olvidado, una esperanza renovada, el idilio de una vida posible. Es el viento también quien trae la luz; su soplo ha despejado el cielo, y el sol brilla con todo su esplendor invernal.
Me quedo en casa, escucho el rumeo incesante del viento que hace vibrar el cristal de la ventana, las persianas que lo resisten. Árboles sin hojas; si fuera verano, el viento haría música, reflejos verdes, follaje deslumbrante. Hoy, en cambio, el viento recorre ramas desnudas, troncos en apariencia secos, víctimas de los ensayos del otoño. Las hojas pardas decoran el piso, nutren la tierra.
Aquí hace frío. El deshielo de los días pasados, la costumbre de no moverse mucho, de mantener el radiador encendido por mero hábito, por un cuerpo que se siente helado a pesar de los más de diez grados allá afuera.
Una bolsa amarilla, entregada al viento, ha quedado atrapada en la rama vacía de un árbol. La he visto ahora, una de las pocas veces que presto atención al espectáculo de la calle desde mi ventana. Bolsa solitaria, perdida, producto de la indecisión o del descuido de su dueño, tirada en la calle para volverse accesorio del paisaje urbano. Esa bolsa ha querido ser hoja de otoño, la única que no ha caído. Si se tiraran más bolsas, quizás tendríamos el sonido artificial de las hojas: bolsas plásticas de colores amarillo, negro, blanco, quizá rojo y verde. Pero no, tenemos una sola, casi imperceptible, pariente anónima de millones, sin distinciones sociales ni nacionales.
Una bolsa venida a menos, sin dueño que lamente su pérdida. Bolsa de utilidad efímera, dejada atrás tras haber cumplido su función: regresar a casa con las compras, los productos ahora guardados en la alacena y el refrigerador. Adiós, bolsa. Ajena, sin embargo, despierta un recuerdo: el esbozo de un caminar nocturno. La bolsa es excusa para hablar del viento, para llenar la página. Ejercicio de introspección.
Tenía la noche para recuperarla, para admitir mi error, para ser redimido o exiliado de su corazón. Once de la noche. Terminaba el trabajo, venía en su búsqueda con el arrepentimiento como máscara. ¿Cómo empezar a pedir disculpas? ¿Cómo explicar lo pasado, los momentos de indiferencia, mi indecisión, cuando ella había sido la menos culpable?
Había cabida para el silencio, para ese caminar dubitativo. Yo a su lado, sin atreverme a hablar, por no considerar el lugar adecuado. Caminamos así, ausentes, con la palabra en la punta de la lengua, hasta una banca en la avenida Chapultepec.
—Te escucho —me dijo.
Y yo aún no terminaba de ordenar mi discurso. Mente y corazón convulsos, impacientes de cambio pero sin saber cómo llevarlo a cabo, habían imaginado ya una vida con ella, con el pasado como imagen inmóvil, incapaz de herirme en el presente.
—Mi relación pasada terminó hace mucho —le dije—. No iba bien desde meses antes, pero ella insistía en que el amor podía salvarse, que no desistiera tan fácil, así, por impulso. No entendía razones… hasta que le confesé que me estaba enamorando de ti. Que tú eras a quien yo quería.
Me acorraló con su insistencia, con la bandera del perdón, con el «podemos continuar», la última oportunidad para demostrarnos cuánto valía el amor. Yo dudaba. No quería lastimarla más. Quizás por eso desistí. Acepté continuar con ese pasado ya convertido en materia pútrida, imposible de revivir.
Y así lo hice. Fingí que podía funcionar, haciéndome el indiferente ante lo que sentía por ti. Ella no entendía. Por eso tomé la decisión de terminarlo todo, pese al dolor que pudiera causar, tanto a ella como a mí. Aunque creo que fue mayor el daño que yo provoqué.
Ella me miraba en silencio, fija en mis ojos, sin vacilar, buscando en ellos la verdad de mis palabras. Al final de mi enmarañado discurso, apelando a la saudade, al tiempo mágico que comenzaba entre ella y yo, me dijo que también lo había pensado. Que entre sus cavilaciones existía el rechazo, el deseo de no continuar. Pero que, por alguna razón misteriosa, había venido. Que había aceptado escuchar mis disculpas con la intención de un reencuentro, de no dejar morir nuestra historia por las dudas de mi pasado.
Me aceptó por la naturaleza inefable de lo que estaba naciendo entre nosotros.
—Nunca me había sentido así —me dijo—. Tan cerca del amor, de la pasión convertida en arte. De ti como poesía, revelando todo lo que tengo oculto en mí.
Me abrazó. Sus brazos se movieron como un gesto ensayado, preciso, de mujer que sabe cómo abrazar a quien se quiere. Talento fruto de la danza que también le daba a sus caricias el adjetivo de lo inefable.
Sentados en la banca, entre el vaivén de gentes, la música del bar de enfrente la hacía bailar, indiferente a las miradas ajenas. Porque ninguna música le era indiferente; era sensible a todo ritmo.
Yo la miraba. Feliz de ser aún parte de su vida, sin encontrarle defecto alguno ni obstáculo para vivir a su lado. Me quedaban pocos meses para quererla: al final del año yo estaría ausente; ella, en la espera. La mitad del año la tuvimos a la distancia; la otra mitad se desvaneció porque la distancia ya no era llevadera. Nos quisimos. Luego dejamos de querernos. Todo quedó en pausa.
El año pasó. Yo no regresé. Pero continuamos con los mensajes. El contacto amoroso, aunque pausado, persistía.
20/enero/2021
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