Es de nuevo D. la procuración de mi inventiva literaria. Haber visto una foto suya y no poder impedirme a volverla letra muerta. Al instante me vienen los remordimientos, las elucubraciones del qué hubiera sido si nunca me hubiese marchado. Salta a la conciencia, como forma liberadora, catártica, el consuelo de lo trágico, que incluso allá todo hubiese llegado a su fin, cerrado el ciclo como todo lo que empieza tiene inscrito el final. D. imposible, inasible, alcanzable sólo cuando caía el día. Nunca nos sorprendió la tarde. Fue un único día de mañana, a la salida de la profunda estación del tren, ella subiendo las escaleras sin darse cuenta de que yo la seguía con la mirada. De nuevo ella, D., K., mujer de dos nombres y de mil caras. Ya no la conozco, ya no la tengo, pero cuánto quise conocerla, cuánto deseaba el porvenir de sus manos y su voz que me leía poesía. Traía consigo un libro de poemas, es de mi padre, lo he tomado de su biblioteca, y ella me leía entonces un poema tras otro cuyas palabras me resultaban indiferentes sino fueran por su voz diáfana. No recuerdo ningún poema, pero recuerdo su voz, la noche, el silencio que lográbamos juntos. Ese ayer es inamovible, el pasado que se repite, la eternidad que seguiré atesorando como recuerdo; eso y sus manos, su abrazo y el mío, sus besos irrepetibles, inmejorables.
Vuelvo a ella porque es ella de dónde vengo. El lugar que un día fue regresa y al que nunca volví. En vano quisimos mantener encendida la flama. La relación epistolar duró lo que las ilusiones cuando se fundan en lo imposible. Un día se interrumpió, el cartero perdió su última misiva, qué poco importa. En vano le escribí de nueva cuenta, un soliloquio nada más, allá la vida seguía, ya éramos irrealizables, imposibles. Vuelvo a ella y me repito. Escribiré lo mismo, su voz que me leía poesía, sus brazos que me abrazaban, sus besos irrefrenables, ávidos de eternidad, las largas despedidas durante la noche que queríamos pasar juntos. Luego el vil remordimiento, la melancolía, la nostalgia, mi yo afligido porque un día la tuve y la perdí. Cuánto lamento no haber agotado la noche juntos, compartir una cama, mirarla abrir los ojos al despertar. ¿Por qué no se me ocurrió que la felicidad me duraría tan poco? D., el amor precoital, ese desconocimiento deliberado de los cuerpos. Nos tuvimos a medias, siempre en el inter, no más allá de lo que se nos permitía de noche en la vía pública. Sus besos, al irme, estaban ya destinados a otros labios, su cuerpo de bailarina de infinitos compondría una coreografía con el hombre que tomó mi lugar. Yo no fui nada, fui muy poco, el amor juvenil e instantáneo, nada serio, el amor como pasatiempo, con fecha anunciada de caducidad.
Vuelvo a la semilla, vuelvo a ella como fantasma de mis ruinas deshabitadas del amor que no fue. Se nos ha hecho fácil ya la indiferencia, la imposibilidad, decir que es ingenuo creer en lo imposible, que sin su presencia el regreso es impensable y la ruptura imposible. No pudimos ser ni siquiera un fracaso amoroso, con sus inevitables deslices. El remordimiento es más grande al saber que pudimos tenerlo, que nada dificultaba la senda del amor fou. Nos quedamos con la demasiada incertidumbre, con la resignación de los que, por avatares del destino, no pudieron hacer ni deshacer una relación.
Hubo un cielo, toda ella fue el paraíso, apenas unos días de purgatorio por haber cometido el error de la indecisión. El infierno del desenlace nunca llegó. Sin embargo, el castigo tan temido es este, pensar que pudimos tenerlo todo, quedarse con el flagelante hubiera. Es D., es K., pero podría haberse llamado Beatriz, Emma, Anna, Dulcinea, mujer promesa, mujer que espera, mujer que se pierde a cada página, símbolo de la eterna literatura.
Lo siguiente, los años que vienen, serán de búsqueda de consuelo, de redención dolorosa, aceptar los regalos desinteresados del porvenir y cambiar de obsesiones, ya no volver a la semilla, dejar que todo aquello, recuerdo irrebatible, se vuelva infértil después de la cosecha recogida. Dejar morir el ingenuo anhelo, esa esperanza perniciosa, toda esa naturaleza muerta que se vuelve polvo que asfixia. Me sé espíritu frágil, de difícil desapego. Pienso que mis recuerdos son un ancla gozosa, una forma de tocar el suelo, de ser yo mismo. ¿Qué sería de mí sin el atávico conjunto de mis tristezas? ¿Sin la música tentativa de lo imposible? ¿Sin la desdicha que ahora me embarga el buen ánimo y la desolación que se instala en mi como compañera perpetúa?
Sufrir cuando se recuerda, desdeñar del presente, mirarlo de soslayo porque la felicidad es siempre pasada, la felicidad siempre estuvo en otra parte. En otra parte se encuentra D. Yo me alejé primero para enseguida ella seguir el camino contrario con la idea de la vida tiene que seguir. Nuestra historia de amor, si un día la hubo, lejos está del idea trágico y literario. No somos los personajes de una misma novela, no hay ningún otro capítulo que nos reúna. Somos letra muerta, palabras de un ayer que añoro, pero no una voz que hoy, ahora, lee poesía. Ya no es ella y ya no soy yo. Fuimos un largo suspiro. Consuela pensar que duró lo que tenía que dudar, que no nos equivocamos, que había dejarlo así, inalterable, mágico, inmaculado, inmejorable y por lo tanto imposible de repetir, de retomar. Queda un atisbo mínimo pero no despreciable de alegría por lo que fue, libre del remordimiento del porvenir en el que no coincidimos, y un a punto de llorar, un guardarse el llano por innecesario, que de nada sirve.
Vuelve a la semilla, viaje al centro de mí mismo con la intención del escape. Escribir como consuelo, lo único que funciona para alejar al perro negro de la melancolía, esa enfermedad que se sufre con la frente en alto.
19 de enero 2023
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