Aquí no pasa nada

Aquí no pasa nada, o es que pasa tanto que el todo es fácil desapercibido. Las grandes ciudades son así, uno se atrinchera en su apartamento y se entrega con gusto al olvido necesario del exterior. Cierro la puerta detrás de mí y enseguida renuncio al mundo y su fatigosa realidad. Apenas entro a casa se me otorga la libertad anhelada, la impunidad que dura pocas horas antes de que el mañana con sus obligaciones me saque de mí mismo.

¿No pasa nada en la vida de un hombre solitario que se encierra en su apartamento como necesario bálsamo para curar las heridas que le causa el exterior?

Puede pasar que el tiempo se detenga, que un apagón repentino y masivo lo haga darse cuenta de que no está solo sino rodeado por otros seres invisibles que se mueven.

Ocurrió el apagón y toda la gente, los desconocidos vecinos, se dieron cuenta de que tenían ventanas y que el espectáculo de la penumbra tenía lugar afuera. De lejos vi a un hombre en ropa interior, la lámpara de su celular encendida alumbrando la calle oscura y tumultuosa.

Abajo los autos, los únicos que daban luz a la calle, resultaban las víctimas del caos. Los semáforos no funcionaban y la alarma de una tienda empezó a sonar estridente. No pocos motociclistas hicieron del tramo de la calle una pista de carreras. Una misma moto pasó dos veces con la no secreta intención de vandalismo.

La oscuridad duró poco, pero fueron largos treinta minutos. Cuando regresó la luz, cuando la luz se hizo, sonó una hurra y un aplauso de gentes faltas del espectáculo de los televisores, ya cansadas del rígido panorama a través de la ventana.

Yo me sentí defraudado por el caos instantáneo, con tan poco tiempo de absoluta oscuridad y desconexión. Todas las comunicaciones se interrumpieron; la señal no daba establecer contacto con los que nunca hablamos.

No ocurrió ningún drama fuera. Los dos sospechosos en moto ya no volvieron a pasar. Todo tomaba su natural curso de ruido y luminosidad. Las ventanas de los edificios se vaciaron: ya nada fuera les interesaba. El espectáculo estaba ahora en otra parte. Se hizo la luz más tarde en otros rincones de la ciudad, aquellos con más tiempo para el deleite acaso malsano del caos.

Me escribió el amigo que evito encontrar, no por falta de empatía sino de ánimos. Le digo que me siento mal, que ya será otro día cuando me sienta mejor conmigo mismo. Me entrego entonces con gusto al silencio, a la lectura de un cuento que tenía a la espera.

Fue casi una epifanía el final, una revelación no esperada. Lo fortuito que, malinterpretado, terminó en desgracia.

Dos amigos que se tratan poco, casi idénticos. Uno de carácter afable y el otro desconfiado. Después de años de escueto, pero no insustancial trato, uno desaparece sin rastro, con una deuda no pagada al otro amigo.

El afectado pasa años buscándolo. Tiempo suficiente para acumular un odio inveterado dentro de su alma, y su revólver con seis balas en pausa. La traición lo mueve. Dice para sus adentros que debe vengarse, que ha sido una portentosa falta de respeto.

Hasta que un día lo encuentra. Lo ve de lejos como el reflejo de sí mismo. Camina hacia él, el amigo ausente, con la mano lista para empuñar el arma sin antes dejarlo hablar. El otro se sentía aliviado de verlo. Por fin lo encontraba.

Las balas le quitaron la voz. No alcanzó a decirle que el dinero estaba en su habitación, dentro de un sobre que, hace diez años, le fue regresado por no haber dado con el destinatario.

Ya sabía las intenciones de la mano nerviosa del amigo, quien nunca supo lo que tenía que decir. Que perdió un amigo como perdió el dinero. Todo por un malentendido.

Esa fue la revelación de la noche. La luz que vino a iluminar las tinieblas de mi desolación.

Al instante me sentí en compañía, con el ansia subiendo lento hacia mi deseo de escribir, de contar lo fortuito. Comenzar diciendo que aquí no pasa nada para narrar el apagón, llenar de vida las ventanas de un edificio, invadir la intimidad de los otros que no saben que son vistos. Yo visto por los otros, casi como una extraña puesta en abismo.

Cada vez son más espaciados los días de la escritura. Ya no es, al menos en el ordenador, un impulso constante, una tarea realizada como rutina. Me he descuidado. Cuelgo la toalla cada día que paso sin escribir una línea.

Culpo a la rutina que me infringe heridas de cansancio. Me levanto cada mañana con secuelas y cicatrices evidentes. Ya en el rostro se me ve el cansancio, y en el andar, la impaciencia que lleva al odio subrepticio por la gente que sufre inocente mi trepidante intolerancia.

Se me da el silencio ante la ofensa. Ese rechazo que expreso cuando las cosas no salen como yo quisiera. Cuando el castillo de mi orden se derrumba y mi día se ve privado de todo lo que aligera la carga de vivir.

Trabajo en lo nimio: llevo inventarios, limpio pisos y mesas, lavo platos. Contagio un falso buen humor y una forzada sonrisa porque se me paga para tal motivo.

Soy el desastre que no supe anticipar. El lamento fácil de mi medianía. Mi rechazo por las formas, por la falta de compromiso que los otros ejecutan con sus actos de inmejorable mediocridad.

Debo vivir con ellos, compartir el mismo espacio y sentir el odio o la envidia que se oculta en una frase de evidente sarcasmo. No saben que anticipo esa falta de honestidad. Que para mí el andarme con rodeos me parece una tarea agotadora. Que si quiero decir lo que pienso lo digo. O si me lo guardo, lo hago por la sana convivencia, para no hacer de la rutina un martirio utilizando la mentira como estratagema para la buena convivencia.

Las mil palabras son aún una cuesta arriba.

Al final dejaré caer la piedra de mi escritura para mañana.
Abatido por la fatalidad, volveré a empezar.

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