No llegó a tiempo, pero tampoco su retraso me resultó significativo. Así tuve ocasión de instalarme en una mesa, pedir la primera cerveza —que esta semana ya resulta un exceso— y continuar con la lectura de una novela de Virginia Woolf. Llegó antes de que pudiera pasar a la cuarta página. Me saludó a lo lejos, sin pormenores, con esa timidez fortuita de quienes no se ven todos los días, y para quienes un saludo efusivo resulta desatinado. Sus ojos brillaban con la misma alegría que el sol otoñal, mientras el viento indómito levantaba su falda larga. No pude apartar la vista de su piel blanca, salpicada de infinitas pecas provocadas por el sol del sur, ni de esas líneas de expresión ya marcadas en sus ojos a tan joven edad.
Hablamos del olvido, del sinsentido de la vida, de lo que significa la fidelidad. No ignora el valor de una relación seria, pero por ahora se entiende bien con alguien cuyo corazón está dividido. No me molesta ser la otra, la amante, la segunda, dice. Hemos dejado claro los términos de nuestra relación furtiva. En el fondo, pude notar que no le es ajeno el enamoramiento y que lamenta que él sea solo un amor de paso. De todas formas, no se puede estar siempre con la misma persona. Y menos a esta edad.
Me contó que habían pasado la mañana juntos. Pregunté si había algo entre ellos y escuché, de su propia voz, la confirmación de lo que ya intuía. Todo es complicado, dijo Clara. Sabemos que durará poco. Él partirá en cuanto pueda tomar el primer avión a Australia.
La charla de Clara carece de la densidad de una mujer intelectual, pero no por eso de intuición. Se deja llevar por lo que se le cuenta, se distrae poco y, sin avisar, me lanza un comentario atinado, como no lo hubiese esperado. Su belleza es lo primero que me convence. Lo demás, ya vendrá. Se interesa por libros que aún no ha leído. Leo muy poco, admite. Apenas tengo tiempo para todo lo demás.
Las horas pasaron desapercibidas. Caminamos hasta su departamento a buscar su tarjeta bancaria y luego fuimos a cenar. Me encanta comer, dijo. Comer provoca serotonina, la hormona de la felicidad. Como el ejercicio. Como el sexo….
Noté que su memoria es infalible para lo que escucha, pero no para lo que dice. ¿Te dije eso? Se me ha olvidado. Toda la tarde me resultó insuficiente para encontrar un camino sin accidentes hacia la seducción, una forma de acercamiento. Estuve lejos de la cercanía de un amante y me quedé como el amigo sempiterno. Quise provocar el inopinado instante, pero era ya una causa perdida desde el inicio.
Nunca, ni siquiera en los comienzos, me había costado tanto fatigar una página. Me resulta agotador, fatigoso, ir más allá de las quinientas palabras. Narrar la vida o las ideas parece una tentativa funesta. El tiempo se me agota: tiempo que no suma, sino resta. Tiempo asesino, ya lo había dicho. El tictac del reloj que a veces es gloria y otras, tortura.
Respirar. Invadir el lugar donde reina la calma, la ausencia de incomodidad, la reverberación del placer sosegado de una existencia plena de sinsentido. Acostumbrarse al entreverado destino de no ser o ser muy poco. Exhalar la angustia de no terminar nada y dotar de un significado llano y leve al hecho de haber sido una existencia azarosa. Esta sensación de que algo se ha perdido y que ha pasado a ser irrecuperable exaspera la conciencia. Todo es olvido, y no hay calamidad que no me roce.
Ayer me resigné. Renuncié al empeño de llevar a buen puerto el encuentro fortuito, marcado por la infidelidad pero no falto de lealtad amorosa. Quise ser quien nunca he sido. Por eso le conté mi desventura con Élodie, cómo no llegamos a lo que una vez deseamos. Clara afirmó que para Élodie la noción de amistad es relativa, por no decir irrelevante. Si no obtiene nada de la amistad, la desecha, dijo. Se desentiende de quienes un día estuvieron ahí para ella.
No es su culpa, respondí. No podemos ponernos en el lugar de las víctimas cuando se trata de una amistad infructuosa. Si ella no le da valor a quienes un día llamó amigos, ¿qué más da? Se pasa a otra cosa. Lo que no es falso es que Élodie anda en busca de la felicidad —si no permanente, al menos por temporadas—. Ya habrá desechado la idea del amor perpetuo y habrá dado paso a relaciones más sanas, menos duraderas.
Clara no le ha perdonado la indiferencia. Vino a mi departamento, se llevó todas sus cosas. Ya no piensa volver a Lyon. Y no me lo dijo. Como si yo nunca hubiese existido para ella. Veo en Clara a una amiga resentida por la acritud de quien fue una persona cercana. Ya no la considero la persona que fue, dijo. Se aprovecha de la gente. No es honesta. No carece de egoísmo. Se aferra a sus propios intereses. Élodie gustaba de sentirse deseada. No era raro que dijera que tal o cual persona estaba enamorada de ella, pero que no sentía nada. Que no era su tipo. Que no era para ella.
El oficio del escritor: escuchar sin disgusto el relato de vidas ajenas. Recoger los secretos a partir de terceros, la información de primera mano que nunca fue dicha por la persona concernida.
Esto ya es literatura forzada. Mi casi desfallecimiento al llegar a la meta de las mil palabras. Son las cinco de la tarde, y no he escrito nada en mi cuaderno.
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