Soy mexicano, pero hace poco más de nueve años que vivo en Francia. En su momento, en las postrimerías del año 2015, hice el viaje de ida —que no pensé sin retorno— hacia el lugar que para Hemingway era una fiesta. Cuán grande fue mi desilusión al comprobar que hace décadas que la fiesta se había acabado, y que el París luminoso, escenario universal de la bohemia, se había apagado, refulgente tan sólo en los libros que había leído. Fue sin embargo una desilusión alegre: el Macondo de García Márquez, el París de Cortázar, Ribeyro, Hemingway, Vargas Llosa, entre muchos otros; o el Dublín de James Joyce y la Inglaterra de Chesterton sobreviven sin el amarre forzoso a la realidad y el tiempo, representaciones inequívocas de percepciones individuales, ciudades con una vida aparte y que vale la pena vivir en el engaño para recorrerlas a fondo.
No elegí para vivir la ciudad de París, en mi opinión tumultuosa e inabarcable, y terminé por elegir Lyon, la ciudad de Antoine de Saint-Exupéry, un lugar intermedio, ni muy grande ni muy pequeño, donde ha sido fácil encontrar silencio, soledad y calma. He vivido desde entonces entre puentes, entre México y Francia, entre el francés que se ha vuelto el idioma de todos los días y el español que se ha limitado, acaso para bien, a la lectura y la escritura.
Hace 18 años —tengo 33— cuando comencé a ser un asiduo lector, creía que había comenzado tarde. Que, educado en una familia que no leía, me había perdido de años de inmejorables lecturas infantiles. Hoy no me arrepiento del sendero recorrido como lector, de haber descubierto, a mis 15 años y creído como verdad inapelable, que cien años de soledad no son muchos, que amar en los tiempos del colera era la única forma de hacerlo, esperando el tiempo que hiciera falta, hasta que las campanadas de una iglesia, el día de pentecostés anunciaran el momento propicio para ir en busca del amor fou, a prueba incluso de la muerte. No podría sin embargo fatigar la página con la lista exhaustiva de mis escritores de cabecera sin traicionar a más de uno, pero se me perdonará la infamia al citar, entre vivos y muertos, en desorden a Borges, Cervantes, Faulkner, Onetti, Vallejo, Aira, Vila-Matas, Virginia Woolf, Unamuno, Lezama Lima, Fonseca, Panero, Saer, Padura, Neuman, Chejov, Dostoievski, Zweig, Mircea Cartarescu, Piglia, Cansinos Assens y que me perdonen los muchos que no he nombrado.
He sido desde entonces un lector vampiro, como lo definía Javier Cercas en una conferencia: un lector que no lee libros para hacerse más sabio, para divertirse o aprender sino que los acuchilla, les saca las entrañas y se alimenta de su tinta como sangre hasta hacerlos parte constitutiva de su ser. Leo porque de no hacerlo la vida se vuelve insufrible, falta de pasiones, desposeída del fulgor que sólo los libros son capaces de insuflarle. En fin, que para mí la lectura es la vida y que la escritura sería accesoria si se me obligase a renunciar a ella. Sobre la lectura he tenido siempre presente una cita de Eduardo Mendoza: Si tuviera que llevarme un solo libro a una isla desierta, preferiría ahogarme en el naufragio. No obstante Borges, cuando le hicieron parecida pregunta, dijo que él se llevaría la Comedia Humana de Balzac, que por su extensión ingente e inacabada —87 novelas en total— daba Jaque mate a la cuestión; o que en su lugar, en vista de que tendría mucho tiempo libre, se llevaría un libro de matemáticas harto difícil de entender.
Es sin embargo la escritura, desde hace casi cuatro años, actividad obstinada y constante, pan de todos los días aunque las obligaciones, la falta de tiempo y el no infrecuente desánimo interfieran en mi terco propósito. Llevo un diario amorfo, entre la ficción, la autoficción y la autobiografía desmemoriada. Este blog es el lugar de paso hacia la publicación de textos sin nexo con el fin de no pasarme la vida corrigiéndolos.