Itinerario en pausa: la vida afuera durante un día y la sensación de que se me han escapado horas esenciales para la creación. No se puede vivir así, con esta angustia como una enfermedad que consume poco a poco hasta matarnos. Pensar que el llamado puede llegar en cualquier momento, justo cuando uno no pueda... Leer más →
La distancia que escribe
Lo vi por última vez hace tres años. Su voz era la misma, esa que no se me escapa de la memoria. Le compré con gusto un viaje al pasado a través de las papilas gustativas: el mismo sabor de la infancia, de la adolescencia y de la vida adulta. Le pagué de más por la admiración que le tenía, por su alegría imperecedera, fruto de años de fermentación del carácter, como la masa con la que se prepara la histórica bebida.
Me moriré un jueves
No es un bloqueo creativo; tampoco un miedo a la página en blanco, sino más bien una náusea profunda, un desánimo exacerbado, una ingente desazón por haber escrito con el ímpetu del ingenuo ilusionado y no poder escribir hoy, en presente, de la misma forma que ayer. Sentir que me he vaciado, que he dicho... Leer más →
La eterna compañía
Vacío hasta lo inusual, presa de los muros de mi pensamiento blanco, ausente de color. He perdido el flujo de las ideas; no logro atraparlas cuando vienen y no sé hacia qué eternidad se dirigen. No lo sabía. Acabo de descubrir que la mayor parte de mi escritura nace del impulso, de esa escritura automática... Leer más →
Una página más de ausente tragedia.
Escribo como afrenta contra la vida leve, insustancial, hecha de un pormenor ingente en su realización irreflexiva. Escribo y evado la lectura, la relectura, la reescritura. No termino nada. Comienzo siempre un nuevo texto que alimenta el sinfín de mi falta de disciplina, de mi incapacidad para los finales absolutos. Textos fragmentados: ya ni siquiera diarios, ahora semanales, cuando mis posibilidades rebeldes lo permiten
Saudade desplazada
No sé nada. Escribo porque ha sido mi promesa: escribir a pesar de mi incapacidad de escribir. Sería muy fácil abandonar la escritura para dedicarme a leer. No puedo, sin embargo, interrumpir estas dos actividades. Leer y escribir como condena gozosa, con vistas a la perpetuidad. El trabajo literario que no hace más que multiplicarse como el monstruo de las mil cabezas
Entre el sol y la página
Va a parar la lectura, se dará a la vida: se tomará esa cerveza frente al río, se entretendrá con el pasar de mujeres bellas con las que nunca podrá escribir una historia de amor. Dirá que no le queda otra, que ha venido porque quedarse en casa es poca cosa; mañana podría estar muerto, así que hoy ha renunciado a su vida, a sus cosas, a sus inevitables libros. Se le lega la condena de estar vivo: la ineludible cosecha de un fracaso, una muerte segura y quién sabe si próxima.
El día que no supe quién era
Leía por placer, no para crear. La imaginación me bastaba. Veía desfilar imágenes; sentía la felicidad y la tragedia. Vivía más allá de mi casa humilde, de ese pedazo de mundo donde me tocó nacer. Recorrí el mundo a través de páginas: los libros como mariposas de alas infinitas. Crucé fronteras, conocí países, mentes, personas. Hablé con los muertos: prestidigitador torpe, nigromante que dialogaba con otras almas.
Pues qué tantas palabras puedo decir
Mi padre, sin proponérselo, una noche de fin de año, nos dejó un mensaje para nuestro consuelo. A más de un año de su muerte corporal se ha vuelto recuerdo imperecedero. En el video se le ve feliz, el ánimo alebrestado por unos cuantos tragos de cerveza, y mi hermano le pide —sin saber que ese video sería hoy una reliquia invaluable— que diga unas palabras. Y papá dice, con esa timidez suya: pues qué tantas palabras puedo decir si ya han dicho todo. Yo lo que quiero es que, así como estamos ahorita, estemos siempre unidos; que Dios nos preste vida y que la paz, la felicidad y el amor mutuo nos brinde con toda su misericordia. Y que seamos todos muy felices: ¡feliz año nuevo!
El breve paso de la vida
Desde este lado, a partir de mis pasos guardados en la memoria, recorreré los lugares de mi infancia: la única casa en la que viví, las primeras escuelas, los primeros rostros que ya son familiares. Un ejercicio escatológico: vivos y muertos, todos fantasmas alojados en mis recuerdos febriles y abigarrados. Seré un dandi pordiosero, ausente, maltrecho, reconciliado con el ayer. Seré asimismo un recuerdo; empero, no transparente como los seres que habitan mis memorias de ultratumba