El otro

—¿Algún último consejo antes de irnos? —me pregunta con la esperanza de que los años lo hayan vuelto más sabio. En ese momento desaparecí, lo dejé solo para que siguiera su vida. Mi propia vida no va tan bien para poder jugar al consejero. Él sabe lo que tiene que hacer, lo hará o lo dejará de hacer todas formas. Se equivocará tantas veces, y espero que cometa los mismos errores para que yo no desaparezca

Un malentendido

Escribo para sentirme parte de un gran círculo de amigos invisibles. Sin embargo no ocultaré que también escribo por vanidad, como venganza no infalible contra las ofensas de la vida, para que se me quiera más, para que se me lea, para invadir otras mentes, para quedarme, para enamorar a la mujer deseada

El cazador

Lúgubre existencia la de este hombre apesadumbrado por el pasado que no puede cambiar y por el hombre que no pudo ser. Hombre sin atributos al que se le va la vida como el espectáculo silencioso del mundo a través de una ventana

Los de allá

Reconciliarme con los muertos, escribirles lo que ya no podrán leer. Decirles que los quiero tanto, dondequiera que no estén. Y ellos diciéndome en una lengua muerta que los deje ir, que ya no hay cabida para el arrepentimiento, que lo hecho, hecho está

Miradas

La mujer, a la que no quiero darle nombre, evoca una locura subrepticia. Su discurso anda en un vaivén entre la extrema lucidez de los locos y la agonía sincera de los que aprecian la vida hasta su fin.

Flotar sin dudas

No se hablará en las noticias, será acaso una nota roja, en esos periódicos que mi padre gustaba llamar con desdén amarillistas, más inclinados al morbo que a la nota seria. Ahí resaltará el encabezado estridente, de doble sentido, se ahoga mujer en la piscina de su propia casa. Se mostrará mi cuerpo lívido, ya... Leer más →

Malogrado

Un estallido estertóreo acalla con el ruido de las copas, de bocas que mastican; el aplauso de los presentes por la culminación del relato no llega, el triunfo del cazador se repite pero en el entorno doméstico: las cortinas se tiñen de un rojo carmesí, un niño de ocho años —los otros dos dormían— no llora, no grita, no se mueve, su madre en lugar de un rostro tiene un hoyo negro en la cara que sangra, mancha de blanco el sillón con chorros de sangre del exacto color del vino de la copa que su mano inerte todavía sostiene.

Un mirar desolado

Samantha le había enseñado a rescatar los sonidos de la tarde, las voces entre las angostas calles de barrios paupérrimos, pasadas y presentes, a partir de su voz de entrañable pureza. No olvidaría lo mucho de sorprendente y maravilloso que tenía la casa de Samantha entre dos terrenos baldíos, como una casita de juguete que hace poco había abandonado el techo de lámina por uno de concreto, donde ella y su madre vivían en un cuarto con ventana a la calle esperpéntica, rescoldo de una alegría antigua.

Insolación

Se convirtió en parte de su atuendo y ya sus padres no le daban mayor importancia, si le hacía sentir seguro y le permitía vivir, ¿por qué impedírselo? La botella de agua, de medio litro, era su reserva y no la bebía a menos que no tuviese otra fuente de hidratación a la mano. Era más bien un arma contra la muerte y su sentencia, que sin dudas le dijo que se iba a morir de sed, deshidratado en una tierra seca, en un monte lejano, sin nadie que le ayudase a sobrevivir.

La palabra del mudo

Y entonces empiezo a dictarme palabras al azar que forman grandes frases. Citas que alguien más anota por mí y se vuelven famosas. De esas que dicen que hoy no se ha escrito nada y que mañana será más de lo mismo porque quien escribe es un ya es menos, que se ha quedado muerto o se ha quedado mudo.

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