No he querido hacer la pregunta porque ella hará la misma y, según responda yo lo haré con la mentira como artilugio o con la verdad como ataque directo. Ella podría mentir, yo a su vez, y entrar en el juego del engaño. Y así enamorarnos a partir de la invención de la vida, lúdica actividad amorosa que tendrá el mismo final de antaño, la historia que se repite y el pasado que vuelve a pasar o que no pasa nunca.
Desconocimiento
La mañana despejó la tristeza y el desasosiego. El día tenía una nueva razón de ser. Me llegó un libro de Borges, como un regalo especial hecho por alguien que conozco poco. Por eso he venido a estas páginas, para dar cuenta de que se es escritor escribiendo.
Flotar sin dudas
No se hablará en las noticias, será acaso una nota roja, en esos periódicos que mi padre gustaba llamar con desdén amarillistas, más inclinados al morbo que a la nota seria. Ahí resaltará el encabezado estridente, de doble sentido, se ahoga mujer en la piscina de su propia casa. Se mostrará mi cuerpo lívido, ya... Leer más →
El que sueña
Fui testigo del fugaz desgaste de mi padre, de sus últimos días en terapía intensiva. Estuve cerca de él sin saber qué decir, con el miedo a perderlo de repente. Me dolía verlo inmóvil, sedado, impotente. No era sin embargo la imagen de un padre frágil, sino de un hombre incansable, que resistía con fuerza sobrehumana los embates inmisericordes de la muerte.
Extrañeza
Ya no me reconozco, pero si es lo normal, me dice la voz lógica que llevo dentro, el tiempo influye, el tiempo moja con sus aguas de desgaste. Lo sé, tan solo quería dar pie al texto, comenzar a subir los peldaños de la escritura, llegar a la cima, o tocar el fondo. Ya no me reconozco en los pasos promisorios del joven obnubilado por un futuro esperanzador. No me preocupaba por lo que quería hacer, como hoy, ayer no tenía nada claro.
El río que no cesa
Es esta luz quizás el preludio de la vida, esta misma luz me vio nacer en aquel pasado frugal es también el final de todo, en algún mañana impreciso. «Me moriré en Paris», profetizaba Vallejo, un viernes o un jueves. Yo no sé dónde ni cuándo. Me moriré vacilante, de este lado o del otro, mañana o más tarde. «Piedra negra sobre una piedra blanca», titulaba Vallejo a su fatídico poema. Yo nunca podré ponerle un título a mi vacilante vida. Me moriré sin nada, anónimo, indecible.
Se busca escritor
Pasajes de nada, de recuerdos, de ideas varias, que se acumulan sin tener un fin. Al menos no carecen de significado. Las páginas están llenas de mí en esta atmosfera del hogar displicente con la música clásica de fondo y el café de compañía unas veces, de accesorio otras tantas. Mentiría si dijera que necesito de cierta atmosfera para escribir. No siempre me hace falta el café o la música, pero de lo que sí requiero es del silencio cuando mi concentración es débil o del bullicio cuando las palabras me hablan con más fuerza, estridentes.
No tengo certezas
Qué puede nacer de mí, de mi vida pública, privada y secreta. Qué puedo extraer de mi mundo literario. Qué puedo obtener de esta soledad omnipresente que no me ha permitido conocer ningún compañero de oficio. Los escritores que no se encuentran en todas partes porque cuando no vivimos entre las sombras lo hacemos entre cuatro paredes. Unos temerosos del mundo que los rodea y otros ávidos por experimentar la vida al límite.
Amanecer violeta
Por la ventana he vuelto a ver al extraño hombre que camina presuroso hacia ninguna parte, aquel que un día se detuvo frente a mí para decirme palabras que no recuerdo, un saludo insensato, su mirada de loco ausente, la incomprensión de ambas partes. Lo he vuelto a ver ahora en invierno, desde la ventana impune, su caminar como el del verano, su destino ausente o incierto. Un hombre de mil rostros, de toda una eternidad que lo precede. Ya he terminado, ahora saldré a andar por la calle sin nombre con el ánimo de un loco que disfruta de incomodar a desconocidos.
¿Qué soñaba?
Soy ese niño que a los tres años decide no crecer, vivir por siempre en esa edad mágica en compañía del tambor que le ha regalado su madre. Soy el niño del tambor, cuento mi historia a golpecitos, ¿me escuchan? No he dicho nada, pero parece que he mencionado algo no carente de importancia. Sigo el insensato camino del silencio, escritor de la nada, explorador del abismo. Tengo el talento no confesado de la reflexión durante la duermevela, la escritura consensuada en el infinito folio de la conciencia abocada el olvido. Lo mejor que he escrito reside ahí, en el abismal infierno al que me dejo llevar de la mano de mi personal Virgilio.