Pocos días como este han estado invadidos por una alegría misteriosa, muy poco de tristeza, de remordimientos, de añoranzas. Nada me falta, y la música que escucho en este preciso instante me arrulla en sus brazos. Música como madre, como retorno al lugar de donde un día vinimos. Regreso a la luz, misma luz que debió haber invadido el cuarto de hospital cuando mamá dio a luz. Dar a luz es traer a un nuevo ser de las tinieblas, de la caverna donde se encontraba antes de nacer. Mi nacimiento como una casualidad, tan improbable como la vida misma, pero aquí presente, vivo, feliz hasta que el día se acabe.
El olvido de escribir
Dos autores distantes y con sendos libros a la mano coinciden en la importancia del olvido. El primero, Pessoa, habla de la literatura como un arte para desprenderse de sí mismo, olvidarse, distraerse con la tan falsa como verdadera sensación de sentirse otros, pensar en otras mentes. La literatura entonces es un dulce enajenamiento, un viaje como el que se hace cuando se sueña, la elevación del ser más allá de sí mismo: ser otredad. El segundo, Cesar Aira, está conforme con el olvido, despertarse seguro de haber soñado, como sensación física, pero con un gran hueco en la memoria.
De rutina
Escribo como paliativo contra el olvido, para curarme del mal de no recordar el ayer, para no sentir que un año se ha pasado en un día. La escritura como mejor aliado de la memoria, insustituible e imperfecto. Así el día de ayer no se diluye en el líquido viscoso y corrosivo, del pasado que todo lo borra, lo toma entre sus manos implacables y lo guarda en su baúl de irrevocable olvido.
Trenes de lecturas
A menos de la mitad de la novela, El otoño del patriarca a una cuarta parte, a quien he dejado dormido sobre su brazo derecho que le sirve de almohada, sus pies planos de sonámbulo, la hernia en el testículo izquierdo y los gallinazos picoteándole la espalda. También he dejado, y de eso ya hace meses, a Castorp haciendo su cura de reposo, sus cavilaciones en aquella viuda o separada mujer, tan enfermo como todos en esa gran residencia en lo alto de la montaña. A Henry James lo dejé en la casa que acaba de comprarse, la casa de sus sueños y sus andanzas en busca de muebles y cuadros para adornarlo, amueblarlo, darle vida como él se le ha dado a tantos de sus personajes.
Malogrado
Un estallido estertóreo acalla con el ruido de las copas, de bocas que mastican; el aplauso de los presentes por la culminación del relato no llega, el triunfo del cazador se repite pero en el entorno doméstico: las cortinas se tiñen de un rojo carmesí, un niño de ocho años —los otros dos dormían— no llora, no grita, no se mueve, su madre en lugar de un rostro tiene un hoyo negro en la cara que sangra, mancha de blanco el sillón con chorros de sangre del exacto color del vino de la copa que su mano inerte todavía sostiene.
Un mirar desolado
Samantha le había enseñado a rescatar los sonidos de la tarde, las voces entre las angostas calles de barrios paupérrimos, pasadas y presentes, a partir de su voz de entrañable pureza. No olvidaría lo mucho de sorprendente y maravilloso que tenía la casa de Samantha entre dos terrenos baldíos, como una casita de juguete que hace poco había abandonado el techo de lámina por uno de concreto, donde ella y su madre vivían en un cuarto con ventana a la calle esperpéntica, rescoldo de una alegría antigua.
Insolación
Se convirtió en parte de su atuendo y ya sus padres no le daban mayor importancia, si le hacía sentir seguro y le permitía vivir, ¿por qué impedírselo? La botella de agua, de medio litro, era su reserva y no la bebía a menos que no tuviese otra fuente de hidratación a la mano. Era más bien un arma contra la muerte y su sentencia, que sin dudas le dijo que se iba a morir de sed, deshidratado en una tierra seca, en un monte lejano, sin nadie que le ayudase a sobrevivir.
Cavilaciones hacia el final
El inferno tan temido se vuelve confortable, hecho a la medida de su cielo personal donde el fuego no quema sino que basta apenas para calentar la habitación de paredes mortecinas tan fría esta mañana. Se sabe con el tiempo contado. Se sabe finito porque ha visto a la muerte de cerca. La vio en la sala de espera del hospital donde su padre agonizaba, sin ninguna prisa, seguro de que la hora estaba cercana
La palabra del mudo
Y entonces empiezo a dictarme palabras al azar que forman grandes frases. Citas que alguien más anota por mí y se vuelven famosas. De esas que dicen que hoy no se ha escrito nada y que mañana será más de lo mismo porque quien escribe es un ya es menos, que se ha quedado muerto o se ha quedado mudo.
Escribir muy tarde
Para mí el oficio del escritor me parece el más grato, el que tiene sus recompensas aun antes de ser reconocido. Debe tener sus momentos complicados, de antipatía o de bloqueo, principales enemigos del oficio, ya que ningún escritor puede dormitar en sus laureles, escribir un libro o dos y renunciar a la literatura, convertirse en un amanuense tipo Bartebly, en un escritor del no. Pero los hay escritores que se duermen en sus laureles. Claro ejemplo el de Juan Rulfo, a quien dos libros le bastaron para entrar y formar parte de la Literatura Universal. Pero quién con el talento de Rulfo.