Regreso a la luz

La felicidad que llega con la luz del día, rayos del sol como la tentativa de traer de vuelta un recuerdo lejano, un día en particular en la vida de un hombre alegre. Felicidad porque —al menos hoy— me he vuelto dueño y amo del tiempo. La cocina se llenó del aroma de la casa materna, el arroz que se fríe lento en el aceite, la salsa de tomate, cebolla y ajo soltando su ya familiar aroma al contacto con la cacerola caliente. De nuevo la luz, inefable sensación de calma, el momento ideal para morir sin arrepentimientos. Pensar que la vida no es tan mala, que despertarse temprano ha contribuido a esta alegría inusitada; andar en bicicleta, regresar para desayunar. De nuevo los aromas: el café, el agua que hierve, el pan que sale caliente del horno.

Vine aquí para dejar constancia de esta luz que poco a poco se disuelve con el atardecer, luz vencida por la oscuridad, apenas un remplazo hasta mañana. Pocos días como este han estado invadidos por una alegría misteriosa, muy poco de tristeza, de remordimientos, de añoranzas. Nada me falta, y la música que escucho en este preciso instante me arrulla en sus brazos. Música como madre, como retorno al lugar de donde un día vinimos. Regreso a la luz, misma luz que debió haber invadido el cuarto de hospital cuando mamá dio a luz. Dar a luz es traer a un nuevo ser de las tinieblas, de la caverna donde se encontraba antes de nacer. Mi nacimiento como una casualidad, tan improbable como la vida misma, pero aquí presente, vivo, feliz hasta que el día se acabe. Soy un fruto del azar, de encuentros y desencuentros, con una frágil existencia pues cualquier mínimo cambio en el pasado atentaría contra mi presencia en este presente del que formo parte como un todo. Esta necesidad de tener más peso, de dejar un huella indeleble en conciencias ajenas. A ti lector desconocido, también consecuencia fortuita del tiempo, de su paso incesante, sublime y eterno. Tiempo que seguirá pasando aun sin nosotros como testigos. Qué importan los milenios que me preceden si soy hijo de este tiempo, de esta leve y fugaz existencia. Tú también serás otra víctima del tiempo al igual que yo, del tiempo como asesino serial, sin escrúpulos, porque si los tuviera el equilibrio de la vida se alteraría. No existes, afable lector, eres tan solo producto de mis deseos, de mi necesidad palpitante de ser leído. A pesar de mi leve esperanza puede que nunca llegues, que esto que escribo en una tarde de lunes se quede guardado, que nunca se publique porque nunca pude ser más un escritor de medio pelo, un amanuense del tercer mundo que quiso vivir en el primero para ser invisible, para ser otro menos el escritor que pudo haber sido en alguna otra parte.

Trato de buscar en el cajón de la memoria la procedencia de esta felicidad inopinada. Debe haber un recuerdo lejano, un día en mi vida donde también fui feliz. Una mañana en mi pasado también lluviosa, el aroma a asfalto mojado, el despertar lento de la ciudad. No debo tratar de remplazarlo con los recuerdos entremezclados con la música. Era feliz cuando me despertaba muy temprano, antes del amanecer. También la felicidad llegaba con la previsión de un viaje, de un cambio al paisaje de todos los días. Fui feliz esos días en Guadalajara con S., instantes irremplazables por no decir inmemoriales. Recorrer caminos y atravesar fronteras a su lado, yo conduciendo y ella cansada por el camino. Lo he encontrado, la luz de hoy es ella, no el hogar materno, S. es la felicidad en aquel momento de mi vida que se traduce en cómo se cuelan los rayos de luz por la ventana. Fechas que coinciden con el génesis de la pasión, con el primer y gran inolvidable amor. Es hoy como hace cuatro años el inicio del idilio amoroso del que no he podido dejar en el olvido. Es ella, sin embargo me alegra no haber sabido en su momento que era mi vida con ella hace cuatro años que ha traído una felicidad de antaño. La nostalgia me ha regresado a ese momento, al preludio del invierno donde una pasión nació, un nuevo mundo creado a partir de dos personas que se besan. Es ella y no me agrieta el corazón rememorar mi vida a su lado. Ya no rehúyo su recuerdo, a la posible añoranza que pueda sentir. No me arrepiento de todo tentativa nacida de la pasión por recuperarla. Sé que no vale la pena recuperar a la mujer que se ha perdido, a pesar de que en aquellos días estaba cegado por el amor que todavía me quedaba. Cuatro años que me separan de esa historia única de amor y que todavía me es imposible escribirla, hacerla ficción. De S. poco he sabido desde la ruptura. La comunicación se disolvió a causa del dolor, de los arrepentimientos, ante la imposibilidad de hacer frente a todas nuestras diferencias. Más de una vez le he escrito y siempre las ha proseguido el arrepentimiento. La bloqueo por unos días, para nunca recibir su respuesta —si es que la hubo— o para ocultar mi vergüenza por no estar seguro de haberla superado. Le he escrito difíciles mensajes que rayan entre el desapego y la nostalgia, y que de tener respuesta esta sería fría. Estoy desvariando con la idea de escribirle una larga carta contándole aspectos de mi vida que nunca hubiese pedido y que quizás no le interesen. Pienso en esa carta como una forma de catarsis, un método ya no para cicatrizar la herida sino desaparecerla. Sé que me engaño, sé que mi carta puede contener motivos más profundos, la vaga esperanza por recuperarla, por traerla de vuelta a mi vida en la forma que ella quiera. Es ella quien se ha vuelto luz, ella quien me ha devuelto la sensación efímera de alegría. Es ella eterna nostalgia. Mejor quitarme esta idea de la mente. Mejor considerar a la luz como lo que es, la felicidad sin ningún recuerdo anclado.

23 de diciembre 2020

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