VUELTA A LA SEMILLA

Pienso que mis recuerdos son un ancla gozosa, una forma de tocar el suelo, de ser yo mismo. ¿Qué sería de mí sin el atávico conjunto de mis tristezas? ¿Sin la música tentativa de lo imposible? ¿Sin la desdicha que ahora me embarga el buen ánimo y la desolación que se instala en mi como compañera perpetúa? Nuestra historia de amor, si un día la hubo, lejos está del idea trágico y literario. No somos los personajes de una misma novela, no hay ningún otro capítulo que nos reúna. Somos letra muerta, palabras de un ayer que añoro, pero no una voz que hoy, ahora, lee poesía. Ya no es ella y ya no soy yo. Fuimos un largo suspiro.

¿Qué dice el viento?

Yo la miraba. Feliz de ser aún parte de su vida, sin encontrarle defecto alguno ni obstáculo para vivir a su lado. Me quedaban pocos meses para quererla: al final del año yo estaría ausente; ella, en la espera. La mitad del año la tuvimos a la distancia; la otra mitad se desvaneció porque la distancia ya no era llevadera. Nos quisimos. Luego dejamos de querernos. Todo quedó en pausa

Sobre Bartleby

Bartleby comprendió que el secreto de la vida estaba en decir NO. En rehusarse a hacer lo que los otros esperan. Ser libre en la negativa. Saber que se desea algo, pero ignorar qué, y aun así negarse a lo que el mundo propone. Por ahora, me gustaría mirar por la ventana en silencio, nada más

Preferiría no hacerlo

¿Quieres ser escritor? Preferiría no hacerlo. Como Bartlebly, o acaso contrario a él, como el hombre rebelde de Camus, me rehúso a dejar de escribir aun a sabiendas de que escribir no tiene sentido como la vida. No habrá un lector que llegue hasta esta línea de esta página fatigada por un obstinado escritor que nada quiere decir

Andar por la vida acumulando soledades

Busco la compañía de quien sé que al poco tiempo me repelerá. Lo busco sin saber por qué, o acaso sí lo sé: porque mi soledad me traiciona, se esfuma el placer que siento al estar conmigo mismo y quiero ampliar mi realidad con otras voces ajenas a la mía. Y luego esas voces vienen a pedirme tiempo. Dar tiempo a quien no puedo dárselo. El tiempo que es tan mío y escaso

El mar helado

Toda biblioteca es un cartografía personal, y los libros de Kundera forman parte de la isla de mí mismo. La insoportable levedad del ser fue para mí un libro faro, una guía para encontrar y a la vez definir mi identidad. De cierta forma yo sentía que tenía mucho en común con todos los personajes de la novela. Podía sentirme tanto Sabina como Teresa; Tomás, Franz o Simón; incluso la joven de las gruesas gafas que aparece en contadas ocasiones. Yo, a mis 20 años, necesitaba de modelos que reflejasen la pluralidad de lo que significaba ser como yo sentía ser, y en los personajes de Kundera yo encontré el refugio que necesitaba para sentirme parte de un todo

El abismo tendrá que consumarse

Ya no he de suponerlo: eres real porque ahora te escribo. Lo real irrumpió como lo mágico en mi vida calma, de lento andar, y de golpe me supe preso de las circunstancias y de las probabilidades. El viaje salió bien, la conversación aceleró el paso del tiempo y, días después de lo que había pensado que era una despedida para siempre, volviste intempestiva como yo ahora escribo. Esta carta tiene mucho de palabras al vuelo y otro tanto de deseo de volverse texto

Leer mucho, escribir mucho y publicar muy poco

Hablando de Borges, recuerdo que él seguía el consejo que le había dado su padre: «Leer mucho, escribir mucho y publicar muy poco». Escribir cuando la necesidad orille al escritor a escribir, y qué mejor cuando esa necesidad nunca cesa. Esto de escribir es una condena, sí, pero una condena gozosa, una forma de afrenta. Pavese decía: «La Literatura es mi venganza contra las ofensas de la vida». Así que no nos queda más que aceptar esto también como una bendición maldita

Leer para otros

Así que durante las horas juntos me vuelvo el anfitrión molesto que habla de libros sin que a nadie en la sala le interese lo que digo, les leo textos como tentativa inútil para llamar su atención. Después me sumo en el silencio, en una idea desesperada que dejé a medias durante el mediodía y que desarrollo como paliativo contra mi soledad rodeada de amigos. Vuelvo después, dolor de cabeza que me impide el disfrute, el compartir con el prójimo el tiempo como dadiva de aprecio, porque no hay mejor forma de mostrar a los amigos que se les quiere que con el tiempo que se comparte con ellos.

Dos cuentos

Me quedo con la imagen del apartamento de Borges, donde vivía con su madre y su mucama, y con su modesta biblioteca que nunca guardó los libros escritos por él, porque a esos libros no hacía falta leerlos sino tan solo recordarlos. Me digo que entonces mi biblioteca es más numeraria que la de Borges, pero mi memoria no es ni un ápice como la suya. No recuerdo todo, en realidad olvido mucho y no hago listas; tampoco memorizo poemas o algún capítulo de un libro. No pasa nada fuera de este sillón y esta taza de café de la mañana que tiende a repetirse, si no es muy tarde, hacia el atardecer

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