Dos cuentos

Aquí no pasa nada. Por cada día de trabajo me otorgo uno de total aislamiento, como souvenir del confinamiento, cuando no había tiempo ni mañana, el grato regalo de dos meses que la eventualidad me dio en las vísperas de mi cumpleaños. Ahora, para compensar ese hastío experimentado en las horas laborales, me doy un día de prisión voluntaria en mi aparamento, un encierro gozoso para así poder sobrellevar la jornada laboral del día siguiente. Solo cuando mis días de descanso se suceden, utilizo el segundo o el tercero para salir, para la vida contemplativa en corro, para el encuentro con el otro o con los otros. Si digo que no pasa nada es porque me gusta mentir.

Hoy ha pasado mucho: un libro que habla sobre Borges, los recuerdos de Alberto Manguel cuando aceptó leer para el escritor unánime del Aleph. Me quedo con la imagen del apartamento de Borges, donde vivía con su madre y su mucama, y con su modesta biblioteca que nunca guardó los libros escritos por él, porque a esos libros no hacía falta leerlos sino tan solo recordarlos. Me digo que entonces mi biblioteca es más numeraria que la de Borges, pero mi memoria no es ni un ápice como la suya. No recuerdo todo, en realidad olvido mucho y no hago listas; tampoco memorizo poemas o algún capítulo de un libro. No pasa nada fuera de este sillón y esta taza de café de la mañana que tiende a repetirse, si no es muy tarde, hacia el atardecer. A poco de terminar Canción de tumba, de Julián Herbert, un libro que nació de las noches en el hospital cuidando a su madre enferma de leucemia, una forma de homenaje a esa única madre, a la vida que ella vivió y que el autor vivió como su hijo. Su madre prostituta, el retrato de una mujer sin antifaz, que se debilita cada día con «la máscara negra», como ha bautizado a las sesiones de quimioterapia. Una madre que parece curarse, como ilusión, como tentativa para alargar la vida. La madre no sobrevivirá la batalla pírrica, injusta para su hijo, contra la leucemia. Herbert no es el arquetipo de escritor al que estoy acostumbrado, a esa imagen idealizada formada a partir de los rostros y maneras de los escritores que admiro y que me sirven de ejemplo. La idea romántica del escritor con un raro carisma o con una personalidad misántropa. Herbert es el escritor que, para mí, no parece escritor y sin embargo lo es. Imagen romantizada del escritor como Cortázar, Vargas Llosa o Borges. Herbert no va de la mano con esos rostros, con esas voces. Y aquí peco de superficial, por no ver en Herbert la careta del escritor que imagino, y más bien lo veo como cualquier tío mexicano. Prueba de que mejor es conocer al escritor por lo que escribe y no por lo que físicamente representa.

Dos cuentos de Ribeyro: La máscara y La encrucijada. El primero onírico, con tintes de horror, como una pesadilla al final: Juan quiere asistir a un baile de máscaras, pero no tiene una. Así que se pinta la cara y disimula a la fuerza una sonrisa exagerada. Es admitido, se divierte como nunca, pero es obligado a quedarse hasta el alba, cuando todos se desprendan de sus máscaras etruscas. Juan es interpelado por el anfitrión, le dice que no sea vil y se quite la máscara. Juan no habla, no puede, la multitud le intenta quitar la máscara que está muy pegada a la piel. Imposible. Alguien tiene la magnífica idea de intentar sacarle la máscara con un utensilio pulso cortante. A Juan le han arrancado su máscara de piel, su rostro, y es premiado con el primer lugar a la mejor máscara. Horrorizado ve cómo el anfitrión tira su máscara al piso, frente a sus pies, y esta se convierte en premio para los perros. El segundo, La encrucijada, es la búsqueda del camino a casa, el camino a la ciudad o al país destinado. Lo interpreté como una apología de una vida sin saber a dónde ir, qué camino tomar, izquierda o derecha. No lo podemos saber. Se nos invita a no caminar más, a vivir en la encrucijada como muchos otros a los que no se les dio más seña del camino. El personaje no quiere quedarse. Se queda, pero, motivado por otra voz, toma uno de los caminos. Yo veo mi vida así, no sé a dónde ir, no soy como los demás que saben sin dudas el camino. Yo no, a pesar de que también sueño con ser esto o lo otro. No tengo el sino señalado en la frente para que los demás me digan a donde ir. El viajero se aventura, engañado por una flecha de sangre que ve en su mente. Seguro de sí recorre todo el camino y llega a la ciudad que tanto anhelaba. Se ha equivocado, es la ciudad de cobalto, allí no hay nada, ni las flores ni el vaso de agua fresca. Se le condena a vivir como un apátrida, fuera, alrededor de las murallas de la gran ciudad. Un eterno extranjero. Ya no puede regresar a la encrucijada, el camino se ha borrado. Así como yo ya no puedo regresar al camino desde donde vine. Estoy aquí como un prisionero de mis decisiones. Confié en lo que se me decía entre los sueños y la vigilia. Seguí el impulso de subirme a un avión para nunca regresar, para desaparecer el camino de regreso. El sentimiento de fracaso, de haber echado al vacío un futuro más prometedor. Me tomó casi cuatro años el encontrar el camino a la escritura como alimento del alma, como dulce adicción, como la manera de regresar al sendero, a una nueva encrucijada.

No ha pasado nada. He visto el desfile de recuerdos de L. Ha estado limpiando su armario, sacando prendas que ya no usa, pulseras, aretes, vestidos, blusas. Cada objeto tiene un valor memorial y sentimental. Una pulsera que le regaló una amiga por su cumpleaños, un anillo que su padre le regaló por su decimotercero cumpleaños, un vestido muy formal que utilizó una noche en Suiza, un collar que le regaló su madre. Muchas de las prendas, anillos, aretes y collares pertenecieron a su madre en otra época, cosas que le ha heredado como un intento de permanecer en la juventud de su hija, la ensoñación de una madre que ve en su hija una representación casi fiel de sí misma. Me ha preguntado qué debe guardar y qué debe donar. Le he dicho que guarde casi todo, como recuerdo, que quizás llegue la ocasión en que pueda utilizarlo. Que todo eso al menos guarda un valor sentimental, al que sentirá la necesidad de volver cuando sus padres ya no estén en este mundo.

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