El cazador

Lúgubre existencia la de este hombre apesadumbrado por el pasado que no puede cambiar y por el hombre que no pudo ser. Hombre sin atributos al que se le va la vida como el espectáculo silencioso del mundo a través de una ventana

De lo que no se escribe

Vana es la búsqueda fuera, todo está dentro del escritor, el abismo vertiginoso, la gloria incandescente, la medianía resistente y disparatada. Es adentro donde la búsqueda debe tener lugar, perderse por estrechos laberintos, el espejo de recuerdos y lejanías, de amores y desencuentros. Todo está entreverado en el lento sentir del escritor, en su memoria maldita y azarosa, presa del deseo de guardarlo todo. Se trabaja con la inimaginable piedra de la memoria, con el cincel de tiempo, las manos dolorosas y la vista cansada. El oficio del escritor tiene como propósito la traducción abigarrada del alfabeto que compone una realidad difusa, no dada, intercambiable. Se tiene el regalo de la memoria, pero esta es egoísta cuando pretende guardarse en olvido los momentos más felices

Desmemoria

Hoy, además de ser lector, he podido ser escritor. Nadie puede arrebatarme este triunfo, esto formará parte de la infinita corrección de mi vida, de la retrospección, de un pasado que por escribirse se vuelve olvido. De esto no me voy a acordar en una semana, esto pasará como la lluvia, como el atardecer, como la música de piano de fondo. Guardo aquí lo que mi memoria se dispone a borrar

Nada se resuelve

Pero bien sé que las cosas no son así, que, como yo hice, primero es el diagnóstico y después se resuelve el problema, me dará cita para un día o dos después, y problema no resulto hasta que venga con todo lo necesario.

Exorcizar los días

No hablo, en este trabajo el habla queda suprimida, no es necesaria, tan solo cuando se necesita confirmar algo, para pedir ayuda, para dar cuenta de un error. Para lo demás todo es silencio

El que escribe

Otras veces estoy cansado de escribir, de acumular montañas de letras, bultos pesados de papel atestados en mi biblioteca, compartiendo el espacio con los libros a quienes tanto le deben su existencia. Escribir no pocas veces parece la condena de Sísifo, empezar algo para no terminarlo —más allá del límite que me impongo— y comenzar otro día con un folio nuevo.

Amanecer violeta

Por la ventana he vuelto a ver al extraño hombre que camina presuroso hacia ninguna parte, aquel que un día se detuvo frente a mí para decirme palabras que no recuerdo, un saludo insensato, su mirada de loco ausente, la incomprensión de ambas partes. Lo he vuelto a ver ahora en invierno, desde la ventana impune, su caminar como el del verano, su destino ausente o incierto. Un hombre de mil rostros, de toda una eternidad que lo precede. Ya he terminado, ahora saldré a andar por la calle sin nombre con el ánimo de un loco que disfruta de incomodar a desconocidos.

Cavilaciones hacia el final

El inferno tan temido se vuelve confortable, hecho a la medida de su cielo personal donde el fuego no quema sino que basta apenas para calentar la habitación de paredes mortecinas tan fría esta mañana. Se sabe con el tiempo contado. Se sabe finito porque ha visto a la muerte de cerca. La vio en la sala de espera del hospital donde su padre agonizaba, sin ninguna prisa, seguro de que la hora estaba cercana

Forzada escritura nocturna

Los recuerdos, inolvidables o no, acechan mi descanso, se aparecen como espectros durante la duermevela, se trasfiguran en narraciones oníricas de no despreciable valor literario. Sueños ora luminosos, eclipsantes; ora de profunda incomprensión, una penumbra delirante hasta lo terrorífico. Salgo del sueño, de lo que debería ser mi descanso, con el cuerpo lastimado.

Diáfana esperanza

Martha y yo compramos una lata de conservas. La compramos porque la lata, sí, una simple lata de chícharos nos vio pasar por el pasillo de las conservas. Sí, sabíamos que las cosas por sí solas no tienen vida propia, pero consideramos que aquella lata, con chícharos —o algo más y misterioso en su interior—... Leer más →

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