No llegué a buen puerto. Olvidé, con alguna incomodidad, gran parte del río caudaloso de palabras de duermevela. Mi pensamiento se hundió en la oscura bruma, dediqué cada palabra al alto fracaso, traje al perro negro conmigo. Me siguió a cada paso, dobló junto conmigo en cada esquina, lo vi sediento y yo me miré moribundo en el reflejo de sus ojos. En vano fatigué el camino de mis palabras, le di una caricia —más por descuido que por cariño— al perro negro, y moribundo, agonizante, me dirigí hacia una luz difusa, muy a lo lejos, con la idea insensata de morir en el intento, de que esa luz fuese un fuego abrasante, de que aquel fulgor fuese mi castigo, mi ruina, mi fin.
Dejar de lado
Ser el autor decadente, sin complejos, el escritor obstinado con su labor de escritura diaria, el más disciplinado de los inconsecuentes, de los desordenados. Mezclar mi irresponsabilidad con la más férrea de las disciplinas, llevar a cabo el proyecto de escritura que corre el riesgo de empolvarse en el cajón de la indecisión
Ida y vuelta
Si su mamá supiera con quien iba a llegar no se lo perdonaría. No le diría nada. Ya le había mentido desde que compró el boleto de avión. ¿Pero qué no hay aeropuerto en tu ciudad de destino? preguntaba la madre impositiva. Sí, sí los hay, pero cuesta más caro: es más barato llegar a la capital y de ahí tomar un bus. La madre medianamente convencida. Con ese bueno, tú eres la que sabe. Te voy a extrañar mucho, tonta.
Palabras de ensueño
Cuán grande es la alegría de ver que la página se llena con palabras amigas. Las hemos elegido. Las hemos puesto una detrás de la otra formando líneas de oraciones que ya no nos pertenecen. Hemos logrado traducirnos. Plasmar lo que llevamos dentro en un lenguaje fiel a los sentimientos y a las ideas. No... Leer más →